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Ahí, ahí te encontraré, por Francesca Denegri

"Marysella había denunciado a su esposo, pero la policía no le hizo caso, como tampoco había hecho caso de otras denuncias que desde hacía años venían haciendo miles de mujeres en todas las ciudades del Perú".

Francesca Denegri Profesora de Literatura de la PUCP

Giovanni Tazza

"El feminicidio como crimen pasional se sostiene, como en los valses y otras falsas confesiones, en una retórica sentimental que representa como villana a la mujer que insiste en su derecho a decir 'no'" (Ilustración: Giovanni Tazza).

"El feminicidio como crimen pasional se sostiene, como en los valses y otras falsas confesiones, en una retórica sentimental que representa como villana a la mujer que insiste en su derecho a decir 'no'" (Ilustración: Giovanni Tazza).

"El feminicidio como crimen pasional se sostiene, como en los valses y otras falsas confesiones, en una retórica sentimental que representa como villana a la mujer que insiste en su derecho a decir 'no'" (Ilustración: Giovanni Tazza).

“Por lejos que estés, cariñito, ahí, ahí te seguiré; por lejos que andes, amorcito, ahí, ahí te encontraré”, reza el estribillo del popular vals de Manuel Jiménez inmortalizado por Los Kipus en los 60. A seguir a Flor por donde anduviera se dedicó Johnny Chozo en Chiclayo, aunque hacía ya meses que ella había terminado la relación por sus arranques cada vez más violentos. Incapaz de aceptar la decisión y porque “la amaba”, la persiguió furioso para que volviera, hasta que el lunes la encontró en el cuarto en el que vivía con Ayme y Patrick, sus hijos de 5 y 3 años. Y a cuchilladas los mató a los tres antes de derrumbarse borracho en la cama. Cuatro días antes moría Marysella Pizarro en Tarapoto, quemada por Fernando Ruiz, de quien se había separado un año antes por maltrato. La de él había sido una persecución tenaz “por celos”, que terminó al encontrarla en la peluquería donde trabajaba y al tirarle encima un tanque de gasolina que la incendió y acabó con su vida y la de su jefa.

Marysella había denunciado a su esposo, pero la policía no le hizo caso, como tampoco había hecho caso de otras denuncias que desde hacía años venían haciendo miles de mujeres en todas las ciudades del Perú. Hasta que en el 2016 se difundió el video de Huamanga en el que un hombre desnudo golpeaba y arrastraba de los pelos a Arlette Contreras, delito que terminó en una escandalosa sentencia que dejó en libertad al agresor. El video de marras, al que Natalia Iguiñiz llamó el ‘vladivideo’ de la violencia de género, provocó que miles de mujeres indignadas se animaran a colgar sus propios testimonios en el Facebook de #Niunamenos. Se trataba, como en el caso de Flor y Marysella, de historias de violencia perpetradas por las propias parejas o ex parejas, pero también por padres, tíos, hermanos y primos, no tanto por desconocidos; y tampoco en la calle, sino más bien en el espacio doméstico, por siglos señalado como el más seguro para ellas. Por añadidura, el perfil de las víctimas no era el de la mujer campesina pobre y sin recursos para reclamar sus derechos, sino el de clasemedieras, urbanas y profesionales, con voces fuertes que movilizaron a miles de ciudadanas en todo el país a demandar sanciones efectivas contra los agresores.

La marcha tuvo amplia repercusión y, poco después, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables en alianza con la prensa lanzaba su acertada campaña La Violencia se Pinta de Amor, que alertaba a las mujeres a no confundir las relaciones de amor romántico con las de control y manipulación. Pero el imperio contraataca, y en lo que va del año se han registrado más casos de feminicidio que el año pasado. Si en el 2016 se incrementaron en un 13% los casos de violencia con relación al 2015, se prevé mayor aumento este año.

Nuestra ley de feminicidio fue ampliada en el 2013, pero las comisarías, los jueces y fiscales, los familiares de las víctimas y la prensa que informa no ayudan cuando insisten en calificar al feminicida de “celoso”, como lo hemos escuchado hasta el cansancio estos días para los casos de Flor y Marysella. Porque los celos invocan el crimen pasional o crimen de amor, engañosa categoría que habría que desterrar porque de lo que estamos hablando aquí es de un crimen de poder a secas; es decir, de un crimen de orden político. Pero pensarlo así es más costoso, porque implica trabajar para la transformación social de las condiciones de desigualdad entre los géneros, que son las que provocan estos amores que matan.

El feminicidio como crimen pasional se sostiene, como en los valses y otras falsas confesiones, en una retórica sentimental que representa como villana a la mujer que insiste en su derecho a decir “no” y como víctima de amor al hombre que la persigue para forzarla a una relación que ella ya no quiere. ¿Cómo volver a tararear alegremente el estribillo de “Te encontrarééé, te encontrarééé” del vals sin escuchar en sus pliegues las voces siniestras que acechan hasta la muerte a tantas compatriotas en las “ricas montañas, hermosas tierras y risueñas playas que es mi Perú”?

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