Los ‘antis’ en nuestra historia política, por Carlos Contreras
Los ‘antis’ en nuestra historia política, por Carlos Contreras
Carlos Contreras Carranza

Historiador y profesor de la PUCP

Después de las elecciones del 2011, Keiko Fujimori trabajó por disminuir el rechazo que el fujimorismo despertaba en amplios sectores de la población electoral, sobre todo la juvenil, que no había vivido la experiencia de los años noventa. Mostró apertura hacia documentos icónicos de sus adversarios, como el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, admitió errores en el gobierno de su padre, guardó distancias frente a episodios como el autogolpe del 92 y apartó del partido a figuras emblemáticas pero de perfil duro, como Martha Chávez.

Por un momento pareció una estrategia adecuada para sus intereses, pero pronto descubrió que a medida que acrecían sus posibilidades de triunfo en las elecciones del año pasado, despertaba simultáneamente el fantasma que había querido evitar y que ya le había arrebatado una posible victoria en el pasado: el antifujimorismo.

La historia de los movimientos políticos por oposición es larga en nuestra tradición republicana. Comienzan con temores frente a medidas que presumiblemente tomaría el gobierno de caer en manos de las figuras rechazadas (a veces basados en experiencias pasadas, pero no necesariamente), hasta convertirse en verdaderas fobias en las que ya es difícil discernir los hechos realmente acontecidos de las pesadillas que sobre ellos construyó el discurso histórico elaborado a partir de dichas premoniciones.

Quizás el primer movimiento ‘anti’ nacional sea el que despertó Simón Bolívar en su relativamente breve paso por el Perú, alargado algunos años por la herencia de ideas, seguidores y métodos que dejó. Se trataba de un liberal radical para estos predios, que no tardó en despertar pasiones, y sobre todo odios, entre la sobreviviente aristocracia colonial limeña, a la que identificó con la lapidaria frase de “oro y esclavos”. Expropió a la Iglesia, desconoció los cacicazgos y todo título de nobleza y pretendió hacer de los indios productores agrarios independientes. Su apoyo a la creación de la vecina república de Bolivia, escindiéndola del Perú, aumentó el desafecto con que su figura sería aquí recordada. Las guerras de la Confederación Peruano-Boliviana fueron un legado póstumo de su trayectoria por estas tierras. 

Tras la guerra del salitre fue el turno del anticivilismo. El Partido Civil fue la organización fundada por Manuel Pardo como vehículo para su ascenso al poder en 1872. Con un programa liberal basado en obras ferroviarias que facilitarían el comercio, atracción de inmigrantes que facilitarían la producción y el aprovechamiento de nuestros recursos naturales, y una descentralización administrativa que debía hacer al Estado más eficiente, el partido consiguió atraer un buen caudal de seguidores y, sobre todo, a la élite más moderna y renovada.

Pero no supo manejar la cuestión del salitre y después de la humillación militar y la amputación del territorio patrio, quedó en el escenario como el gran culpable.

El civilismo encontró su opuesto complementario en el pierolismo, un movimiento con una ideología difícil de clasificar: provinciano, sureño y antioligárquico, pero a la vez conservador y católico ultramontano. Lo que unió al pierolismo, aparte del indudable carisma de su caudillo (el último de los héroes políticos de a caballo), fue el rechazo al civilismo, identificado durante los años de la “república aristocrática” con una plutocracia excluyente, defensora de sus privilegios. Civilismo y pierolismo fueron, por eso, movimientos que murieron juntos, con la crisis de dicha república.

Luego del accidentado final del Oncenio, la escena política pasó a estar dominada por el aprismo y el comunismo. Especialmente por el primero, que con un partido sólidamente enraizado en las regiones socialmente más modernas y con mayor densidad demográfica, como la costa y la sierra norte, se convirtió en un actor electoral insoslayable. Para cerrarle las puertas de Palacio surgió el antiaprismo, que incluyó un veto constitucional al partido de la estrella, por ser parte, al igual que el Partido Comunista, de una ideología política internacional.

Así como el aprismo y el comunismo, el antiaprismo y el anticomunismo llegaron a convertirse en señales de identidad política. A partir de los años treinta el aumento de la alfabetización y la aparición de la radio le dieron a los medios de comunicación un papel gravitante en la formación de estas identidades. Creo que fue el presidente Manuel Prado quien, durante su segundo gobierno, llegó a decir que “un gobierno está en aprietos cuando ‘La Prensa’ y El Comercio lo atacan al mismo tiempo”. 

La década pasada fue el turno del antihumalismo, que en cierta forma era una reencarnación del antivelasquismo de tiempos anteriores. Lo interesante de la segunda vuelta del 2011 fue que compitieron dos sentimientos ‘antis’: el cáncer y el sida, como los calificó grotescamente nuestro único premio Nobel. 

Los movimientos políticos como el civilismo del siglo XIX, el aprismo del XX o el fujimorismo del XXI, que traían una fuerte carga política promisoria de reformas o de “estilos de gobierno” que despiertan temores (sean estos sobre bases reales o supuestas), suscitan el nacimiento de corrientes opuestas, con las que llegan a plantear una simbiosis. Vale decir, una asociación de organismos que mutuamente se refuerzan, hasta no poder existir el uno sin el otro. 

En cierta forma, el fujimorismo es una identidad robusta y extendida en el país por la misma tenacidad con que es combatido. La fuerza de esta oposición es la que lo nutre y sostiene. Titulares cotidianos contrarios en la prensa, caricaturistas y columnistas atacando a sus dirigentes y ridiculizando sus afirmaciones, o discursos y gestos de desafecto en las pantallas, tanto lo dañan cuanto lo vigorizan; a la vez que una mayor intención de voto por el fujimorismo traerá más antifujimorismo, dentro y fuera del Perú.

El Perú es un país de grandes fracturas: regionales, sociales, étnicas. No debería sorprender que estas se trasladen al plano político. Pero dada la fuerte carga de violencia que conllevan, cabría preguntarse si los movimientos ‘antis’ son la mejor dinámica política para una comunidad nacional.