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El apellido de ellas, por Daniela Meneses

“La realidad familiar peruana no se condice con la concepción legal detrás de muchas normas vigentes”.

Daniela Meneses Periodista y abogada

Apellidos

“Muchas de las familias de hoy no siguen el modelo tradicional de padre, madre e hijos”. (Foto: GEC)

Nuestros hijos podrán llevar nuestro apellido, y no necesariamente el paterno, en primer lugar. Al menos, eso creíamos hasta la semana pasada, cuando la Comisión de Justicia del Congreso rechazó el proyecto de ley que convertía ese orden en una decisión de los progenitores.

La noticia ha pasado relativamente desapercibida, y lo cierto es que no es difícil entender por qué. La cuestión puede parecer menor en el contexto en el que vivimos. ¿No tenemos problemas más grandes, incluso en lo que a maternidad se refiere? ¿No deberíamos preocuparnos más bien por el 13% de mujeres entre los 15 y 19 años que son madres (Endes 2017)? ¿Por las que no reciben apoyo económico de los padres de sus hijos? ¿Por las que lidian con un padre emocionalmente ausente?

Sin duda que todos los anteriores son problemas gravísimos. Pero, y aquí viene el punto central, es precisamente su existencia lo que explica por qué el proyecto del orden de los apellidos es tan importante: la realidad familiar peruana no se condice con la concepción legal detrás de muchas normas vigentes. Y esta disparidad es lo que el proyecto que nos atañe quería cambiar.

Me explico. Muchas de las familias de hoy no siguen el modelo tradicional de padre, madre e hijos. Para comprobar la verdad de esta frase sería suficiente hacer un experimento personal (¿mis padres están casados?, ¿cuántos de mis amigos tienen hijos fuera del matrimonio?, ¿cuántas de mis conocidas son madres solteras?)... pero también hay cifras. Y no me refiero a aquellas que indican que cada vez hay más mujeres jefas del hogar (35%, INEI 2017), sino a aquellas otras sobre los integrantes de las familias. Los datos de Latinoamérica nos dicen que las familias nucleares biparentales siguen representando el porcentaje más alto (40,3% en el 2010, de 50,5% en 1990). Sin embargo, casi 11% de familias son nucleares y monoparentales con una jefa de hogar; y 1,5% son nucleares y monoparentales con un jefe de hogar (Cepal).

Algunos datos del Perú también nos ayudan a entender el contexto. En lo que a madres refiere, un 69,4% tienen pareja, 16,4% están separadas y 4,3% son solteras (INEI, citado en El Comercio 2017). Un estudio publicado el año pasado por la Defensoría del Pueblo encontró por su parte que, de una muestra de más de tres mil expedientes de procesos de alimentos, en más del 95% de los casos los demandantes eran mujeres.

Si bien estas cifras pueden a su vez esconder distintas realidades (por ejemplo, cuando se habla de madres con pareja, nada garantiza que esta sea el padre de todos los niños), sirven para darnos una idea de que la familia es una institución heterogénea y compleja. Algunos menores tienen una relación principal con la madre, otros con el padre. Algunos más tienen un padre o una madre ausente desde su nacimiento. Otros tienen padres que no los reconocen.

Cuando se pide que los padres puedan decidir el orden del apellido de los hijos, lo que se pide es que puedan hacerlo teniendo en cuenta todos estos factores; teniendo en cuenta qué tan sólido es el vínculo, teniendo en cuenta qué tan sólido es el núcleo familiar, teniendo en cuenta, en fin, qué tanta presencia tendrán los progenitores. Que ambos tengan las mismas posibilidades de ponerle a su hijo su apellido adquiere así un nuevo significado.

Debería ser suficiente decir que mujeres y hombres tenemos, por el principio de igualdad, el mismo derecho a tener nuestro apellido en primer o segundo lugar. Pero incluso para quienes no quieran hacer eco de esta verdad, ahí está la realidad familiar: aquella que nos dice que no siempre el padre es igual de importante que la madre en la vida de los hijos.

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