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Aprendizaje y optimismo, por Gonzalo Portocarrero

“Es posible que estemos mejor dispuestos a buscar arreglos definitivos en vez ir parchando los problemas”.

Aprendizaje y optimismo, por Gonzalo Portocarrero

Aprendizaje y optimismo, por Gonzalo Portocarrero

Hasta mediados de enero, la preocupación del país era la falta de lluvias, la posibilidad de una sequedad generalizada en la costa. Pero luego, en una semana, todo cambió, y pasamos del temor a la sequía a la abrumadora realidad de las inundaciones. 

Los daños más grandes los han sufrido las nuevas aglomeraciones de personas ubicadas en el camino de los huaicos, en las quebradas por donde discurre el exceso de agua, de barro y basura que arrasa viviendas hasta que se inmoviliza en un área pantanosa que se convierte en un vivero de zancudos y otros insectos que amenazan con la proliferación de enfermedades, como el dengue. 

Pero esta situación de emergencia –que vuelve cada cierto número de años– ha sido esta vez enfrentada de una manera menos improvisada, con el resultado de que son menores las pérdidas de vidas y cultivos. Y los estragos podrían haber sido menores si la infraestructura de caminos, puentes y canales hubiera estado mejor construida y cuidada. 

También con relación a los Niños del 82-83 y del 97-98, se observan más recursos. Y más seguridad en la gente a la hora de demandar ayuda estatal. Hecho muy visible en las declaraciones de los afectados. El tono es compartido por todos. Es la queja de quien se enfrenta a una situación inmerecida y, por tanto, de quien reclama con beligerancia la ayuda que cree que el Estado le debe. 

Cuando se encara a los damnificados con el hecho de que sus pérdidas corresponden a su imprudencia, a la temeridad de ponerse en el camino de los huaicos, entonces ellos suelen rechazar cualquier grado de responsabilidad y apelar a su pobreza y falta de oportunidades como explicación de haber invadido terrenos casi imposibles de defender de las torrentadas de barro. Si se sigue demandando una explicación, la gente puede llegar a admitir una complicidad. Sí, saben muy bien que se asentaron en un terreno vulnerable. Y que no pueden exigir garantías. No obstante, su cálculo final es que reconstruir su vivienda, cada 15 o 20 años, después del Niño respectivo, es una opción lógica y atractiva. 

Estas personas podrán correr el riesgo de sufrir otro huaico, pero eso será dentro de muchos años, quizá nunca, y mientras tanto se puede ir con la confianza en Dios y en los santos. Y luego, si sucede la desgracia, habrá que presionar al Estado y lograr ayuda de todas partes. No siempre el cálculo es acertado. A veces los perjuicios ocasionados por los huaicos pueden ser mucho más grandes que los beneficios de tener una casa (¿por un tiempo?) en un sitio relativamente céntrico, pero demasiado inseguro. 

En todo caso, más allá de los intereses individuales está el bien común. Y desde esta perspectiva lo importante es que gane la mayoría. Es decir, que se invierta más en la prevención de los desbordes que en la financiación o pago de las reparaciones. Me parece que con la cobertura de los medios, especialmente la televisión, es ahora imposible no aprender de lo que sucede. Son entonces más propicias las condiciones para negociar el desalojo de propiedades que amenazan con ser la causa de nuevas tragedias. 

En el Perú se piensa (casi) siempre en función del corto plazo. Lo único que parece importar es salir del problema de inmediato. No importa que la ‘salida’ pueda significar la incubación, en poco tiempo, de un problema más serio. Pero quizá las cosas estén cambiando. Creo que ahora es posible que estemos mejor dispuestos a buscar arreglos definitivos en vez ir parchando los problemas conforme ellos se presentan. 

No en vano hay, pese a la magnitud del Niño costero, una carga de optimismo en el Perú de hoy, que se revela en la súbita mejora de la percepción popular del gobierno. Varios ministros han subido sus porcentajes de aprobación. Entonces, el reto es transformar las quejas y malos presagios en acciones con amplias perspectivas. En un horizonte de poder que nos permita elevar nuestra autoestima como colectividad, como país que conoce los desafíos que tiene que enfrentar y que está preparándose para hacerlo.

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