Basadre, Tacna y el Perú, por Carmen McEvoy
Basadre, Tacna y el Perú, por Carmen McEvoy
Carmen McEvoy

Historiadora

“Sentirse enraizado en la tierra propia es el mejor privilegio que un niño puede alcanzar”, afirmó Jorge Basadre en un notable ensayo donde rindió homenaje a Tacna. Aquella “chiquita y desventurada” provincia sureña donde anhelaba pasar los últimos días de su vida. En Tacna, Basadre vivió la dramática experiencia del cautiverio, expresada, cada 18 de setiembre, en el “paso prusiano de los soldados chilenos” marchando frente a su casa “con sus uniformes y sus rítmicos desfiles”. Y fue, también, en Tacna donde disfrutó de la siembra del zapallo en cada fiesta de la Candelaria, de los paseos por la Alameda, de las naranjas de Azapa y del sonido del pito del tren de Arica, el cual imponía el ritmo a una ciudad amable. Pero sometida a una violencia soterrada que marcó de por vida al historiador de la República. 

Historiador, bibliotecario, maestro universitario, ministro de Educación y enamorado del Perú, Basadre nos comunica la trayectoria difícil y dramática de una nación que se va formando “penosa y contradictoriamente en su historia”. La trilogía formada por “La iniciación de la República” (1927-1928), “La multitud, la ciudad y el campo” (1929) y “Perú, problema y posibilidad” (1931) sirve de fundamento para el nacimiento de una historiografía moderna que se expresa en “Historia de la República del Perú”. La “magnitud” del “pensamiento sin fronteras” de Basadre –como lo denomina Ernesto Yepez– se manifiesta en una visión filosófica y estructural y en una narrativa que no desdeña el ensayo ni mucho menos la crítica literaria. “Abrir caminos, sembrar semillas” fue una de las consignas del fundador de la historia del derecho, del reconstructor de la Biblioteca Nacional y del tacneño que dotó al Ministerio de Educación del primer catastro de la realidad educativa del país.

En su libro “El nombre del abismo: Meditaciones sobre la historia de la historia”, Mark Thurner subraya cómo el pesimismo reflejado en los trabajos de Manuel González Prada y José Carlos Mariátegui fue transformado por Jorge Basadre en la idea de un Perú con futuro. Así, la complejidad del Perú radica en que es un nombre y hecho social dividido, múltiple y heterogéneo, histórico y no histórico. Que por originarse en la marginalidad de un mundo, que de acuerdo a Thurner empezaba a ser global, refleja, además, los dilemas y el abismo de sus propios historiadores. 

La noción de un Perú difícil y complejo que, sin embargo, era “más grande que sus problemas” nos remite a la poderosa y dramática experiencia que Basadre vivió de niño en una Tacna sometida. Por ello, buena parte de su vida la dedicó a construir una narrativa que rescatara la posibilidad –“el principio esperanza”– pero que, además, identificara los dos problemas –el Estado empírico y el abismo social– que trababan su concreción. Porque si bien es cierto que Basadre logró identificar a los enemigos internos del proyecto republicano –los “podridos” que querían hacer de la república “una chacra”; los congelados que deseaban verla convertida en “un páramo” o “los incendiarios” que intentaban transformarla en “una gigantesca fogata”–, él no escondió una opción política que es importante recordar ahora que tanto se lo cita. 

Tomando distancia tanto del aprismo como del comunismo, el historiador tacneño rescató una tradición republicano-liberal sumergida en el conflictivo pero creativo siglo XIX. La construcción de un Estado fuerte defensor de los recursos nacionales, la apuesta por el Perú profundo y por una democracia, que para Basadre no solo era política sino económica y social es parte de un legado que es necesario asumir. Solo de esa manera honraremos el nombre de un peruano que forjó su idea del Perú desde una provincia pequeña en “el abismo de la historia”.