Toda historia es una reconstrucción. El pasado no existe como relato hasta que alguien lo cuenta. Pero recientemente, bajo estos cielos, se denuncian intentos de reescribir la historia, de alterar el relato del pasado nacional, como si este existiese objetivamente o hubiese una historia oficial o verdadera que tiene que ser resguardada. No existe tal historia auténtica o verdadera. Existen reconstrucciones o relatos que contienen siempre mucho de subjetividad.
El historiador elige dónde comenzar su historia. Si voy a contar, por ejemplo, el proceso de la violencia política en el Perú de finales del siglo pasado, puedo comenzar por los debates políticos de los partidos de izquierda en los años setenta, la situación de los campesinos de Ayacucho y las regiones que fueron escenario principal de dicha guerra, tras la aplicación de la Reforma Agraria del gobierno militar, o por la crisis económica desatada en el país durante el gobierno de Morales Bermúdez. Ninguna elección será neutral. Ni la elección de los hechos referidos, estén en un papel protagónico o como telón de fondo. Quien prepara el texto monta, en suma, un argumento acerca de por qué y cómo ocurrieron las cosas, aunque este no siempre es explícito y puede quedar absorbido simplemente en el relato.
La historia académica procura controlar la subjetividad del narrador, imponiendo reglas. Tales como citar los documentos o testimonios que prueban lo que se afirma, discutir los argumentos alternativos o sostenidos por otros autores o, dependiendo de los temas, apelar a las herramientas de la estadística u otras ciencias auxiliares.
¿Por qué ciertas reconstrucciones o ‘narrativas’ han triunfado sobre otras, hasta el punto de convertirse en la ‘historia oficial’ o aceptada como tal? En esto intervienen diversos factores, como la calidad de la reconstrucción (un trabajo bien narrado, respaldado por fuentes apropiadas), la identidad académica y social de quien lo suscribe y respalda (las credenciales del autor y de la editorial que lo publica) y la acogida que la propuesta tenga entre la gente (en esto habrá unas opiniones más influyentes que otras). Detrás de ello juegan de forma decisiva otros factores, como el respaldo económico que requiere dedicarse a la investigación y la búsqueda de fuentes. Por ejemplo, la cantidad de recursos (económicos y de acceso a las fuentes) con que contó la Comisión de la Verdad y Reconciliación para el estudio de la guerra interna de los años 80 y 90 no tiene precedentes en la historiografía peruana. Entre los 12 comisionados hubo abogados, ingenieros, sacerdotes y científicos sociales, pero no hubo historiadores, que tal vez hubieran aportado más comprensión y menos juicios.
La suerte de las propuestas de narrativa histórica de una nación depende también de su sintonía con el momento político. La historia no debe estar al servicio del poder, pero es innegable que este influye, con sus demandas de guiones museográficos, textos escolares y nombramientos, como también ocurre que los historiadores procuran ocasionalmente este respaldo. De hecho, la cantidad de colegas que a lo largo de la historia de la república han sido ministros, embajadores o rectores de las universidades estatales en las épocas en que estos eran digitados por el gobierno es impresionante. Ahí figuran Manuel Odriozola, Manuel de Mendiburu, Javier Prado, Germán Leguía, José de la Riva-Agüero, Raúl Porras, Jorge Basadre, por mencionar solo algunos.
Las revisiones y reescrituras de la historia van a ocurrir siempre, y no deben ser ni ensalzadas ni satanizadas. Cuando se hacen con el rigor necesario, cumplen un papel positivo, porque obligan a los defensores de las versiones ‘oficiales’ u opuestas a debatir y afinar sus argumentos. La historia debe renovarse constantemente, por lo menos en cada paso generacional, como lo señaló el historiador británico Christopher Hill. Porque aunque el pasado no cambia, sí lo hace el presente, que debe ser explicado y cobrar un sentido a partir de su examen.