Es posible que usted haya almorzado arroz chaufa –en cualquiera de sus versiones–, que tenga un amigo con apellido Li, que alguna vez haya pasado bajo el arco del Barrio Chino de Lima o que conozca a alguien que practique kung-fu. Lo chino está en nuestras mesas, en nuestras calles, en nuestras familias, en apellidos que se perdieron y en las migraciones que ocurren hasta hoy.
Cuando pensamos en la herencia china en el Perú, solemos situarla a mediados del siglo XIX con la llegada masiva de “culíes” para trabajar en haciendas azucareras, algodoneras e islas guaneras. Sin embargo, ya durante la época virreinal los registros dan cuenta de su presencia, aunque sus números eran escasos y está escasamente documentada. A pesar de esta escasa visibilidad, su presencia puede considerarse como un antecedente de una relación entre Asia y el Perú y no fue hasta tiempo después que este vínculo se convertiría en una corriente migratoria.
Entre 1849 y 1879 llegaron aproximadamente 90.000 chinos procedentes de la provincia de Cantón, al sur de China. Ellos llegaron al Perú en condiciones extremas, con restricciones a su libertad y al margen de la protección jurídica. A diferencia de otras migraciones del siglo XIX, esta fue casi totalmente masculina y muy pocos pudieron traer a sus familias; en consecuencia, muchos se vincularon afectivamente con mujeres locales, dando lugar a un mestizaje temprano.
En los registros civiles y eclesiásticos de la época abundan los casos en que los inmigrantes chinos adoptan apellidos hispanos –sea porque castellanizaban fonéticamente sus nombres de origen, tomaban el nombre de su patrón, se producía una asignación arbitraria en los registros, etc.–. Para muchos descendientes de chinos en el Perú, el apellido no basta para trazar el linaje. Hoy, lo chino también habita en apellidos que no lo parecen y en especial en historias que no están en los archivos.
Quizá de forma más discreta pero constante, en los últimos años nuevos flujos migratorios han traído al país ciudadanos chinos vinculados al comercio, la gastronomía y el mundo empresarial. La construcción del megapuerto de Chancay ha intensificado el intercambio entre ambos países. A la par, crece el interés por el idioma y la cultura china en espacios educativos, tanto en Lima como en provincias. En el distrito limeño de San Borja, los sabores del norte de China ya aparecen en pequeños restaurantes; mientras que en Arequipa o Trujillo nuevos negocios levantan puentes entre generaciones.
La historia china en el Perú no se detiene, pues solo ha cambiado de rostro, acento y contexto. Lejos de ser una presencia exótica, lo chino forma parte de la cultura peruana y está presente en prácticas cotidianas, en festividades como el Año Nuevo Chino y en memorias que generan nuevas formas de pertenencia. Quizá el legado más profundo de esta presencia no esté en la memoria, sino en la mezcla. ¿Cuántos de nosotros tendremos una raíz china sin saberlo? ¿Y cuántos más aprenderemos a reconocerla no como algo ajeno, sino como un hilo más del tejido del Perú?
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