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Nada que celebrar, por Hugo Coya

“Esta es una fecha para que nos cuestionemos por qué, cómo y de qué manera vamos a hacer para que este país sea un mejor lugar para ellas”.

Hugo Coya Periodista

nada que celebrar

"El 8 de marzo que acaba de terminar suscitó tantos eventos y encendidos discursos que enaltecían la feminidad, pero no debería ser interpretado nunca como una celebración". (Ilustración:Rolando Pinillos)

Cada vez que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, viene a mi memoria el recuerdo del momento en el que el mundo de aquella persona de 46 años –criada para casarse, complacer al esposo y atender a los hijos– cambió por completo porque su pareja salió un día de casa para nunca más volver ni interesarse por lo que dejaba atrás.

En una época en la que la sociedad condenaba y hasta segregaba a quienes tenían la condición de separada o divorciada, ella pudo renunciar a todo, desentenderse, haber caído en una depresión fulminante o, al menos, intentado escapar. No lo hizo. Por el contrario, decidió sortear de manera distinta la encrucijada en la que se encontraba y sacar adelante, por sí sola, a sus cinco hijos, ninguno de los cuales superaba los 8 años.

A partir de allí, sus manos fueron encalleciéndose, conoció escasas veces la diferencia entre un día cualquiera y un domingo, un feriado, vacaciones o apenas el ‘lujo’ de dormir ocho horas de corrido. Debía levantarse al alba para cumplir con los dos y, algunas veces, tres trabajos, en paralelo, que tuvo que realizar para pagar comida, alquiler, gastos escolares, ropa, medicinas y un largo etcétera. En suma, todas las exigencias que se deben atender en una casa con tantas bocas que alimentar y sin nadie más para apuntalarla.

Por ser mujer, sus posibilidades de conseguir un empleo digno con una paga justa resultaban escasas. Tampoco podía aspirar siquiera a las mismas oportunidades o remuneraciones que los hombres, a pesar de realizar, en incontables ocasiones, similares tareas que el resto de sus colegas y poseer semejantes capacidades intelectuales.

Claro, se le podría conceder a este caso apenas ribetes idílicos, considerarlo otra gran muestra de la eterna apelación al amor maternal a la que estamos acostumbrados a ver, y no estaríamos faltando a la verdad, puesto que relatos parecidos los escuchamos de forma cotidiana. Es cierto, en medio de ese duro panorama, nunca desistió: se propuso que sus hijos tuviesen aquello que ella no tuvo o no consiguió obtener, logrando que cuatro de ellos estudiasen en la universidad e, incluso, dos pudieran realizar posgrados en el extranjero.

Pero, ¿habría sido menos dura su vida si el país le garantizase todos los derechos que poseen los hombres o si hubiera nacido como tal? Definitivamente, sí. No se trata, entonces, de una anomalía singular y temo, también, que no lo será, en mucho tiempo, a la luz de las actuales circunstancias en las que viven aún numerosas mujeres en el Perú.

Ha pasado medio siglo desde que aquella mujer que fue mi madre comenzó a enfrentar ese período difícil, oscuro, que la marcó por el resto de sus días, así como mi propia infancia y adolescencia al igual que mis hermanos. Por ello, resulta doloroso constatar que poco o muy poco ha cambiado en la sociedad peruana desde ese ahora largo tiempo.

Hoy, como ayer, miles de mujeres siguen recibiendo menores sueldos por las mismas labores que realizamos los hombres, tienen grandes dificultades para acceder a una educación de calidad u ostentar puestos de relevancia que, para nosotros, resultan más fáciles de conseguir.

Son marginadas en numerosas de las esferas donde se toman las decisiones importantes, se las muestra como un objeto decorativo en la publicidad, se las coloca como relleno en una lista de candidatos para cumplir solo con una cuota, las transformamos en víctimas del machismo más cavernario y hasta tienen que luchar para que reciban la constancia de su existencia en el lenguaje. Además, soportan frecuentes maltratos, acoso laboral, político y sexual por el hecho de vivir en uno de los lugares más peligrosos del mundo para ser mujer, independiente de la esfera social, económica o política donde se desempeñan o pretenden desarrollarse.

Para ellas, incluso el amor es un lugar de riesgo, una amenaza. Solo basta mirar los escalofriantes números de feminicidios que se cometen en nombre de este. Ya lo decía la escritora francesa Simone de Beauvoir: “El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”.

Porque, en el Perú, para ser blanco de tales atropellos no se necesita tener hijos, casarse, divorciarse, estar soltera, ser lesbiana: basta con ser mujer.

El 8 de marzo que acaba de terminar suscitó tantos eventos y encendidos discursos que enaltecían la feminidad, pero no debería ser interpretado nunca como una celebración, un festejo, un motivo para regalar flores o enviar tarjetitas con frases edulcoradas. Por el contrario, es una fecha para que nos cuestionemos por qué, cómo y de qué manera vamos a hacer para que este país sea un mejor lugar para ellas, sin discriminación, sin agresiones, con igualdad. Solo así llegará el día en el que podamos decir que somos una sociedad desarrollada, mejor, que incluye y respeta a todos y todas. Hasta ese momento, los casos de Irma y de millones de mujeres anónimas se seguirán repitiendo, constituyendo una vergüenza nacional.

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