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Al cerro lo que es del cerro, por Gonzalo Torres

No muchos se han percatado de cuán importantes para la identidad e historia limeña son los cerros que rodean nuestra ciudad

Al cerro lo que es del cerro, por Gonzalo Torres

Al cerro lo que es del cerro, por Gonzalo Torres

No muchos se han percatado de cuán importantes para la identidad e historia limeña son los cerros que rodean nuestra ciudad. Y es que más allá del desierto, de las cuencas de los tres ríos y de las huacas milenarias, allí estuvieron los cerros geológicos, los largos dedos de los Andes que se estiran hacia el mar y que esporádicamente dejan uno que otro lunar elevado sobre las planicies en donde se cultivó y luego, paulatinamente, se pobló.

En el momento de los cazadores-recolectores de estas tierras, las lomas de Ancón estaban repletas de vegetación y vida silvestre. El cambio climático fue modificando este hecho y dejándonos el desierto y las cabezas calvas de los cerros.

Así, entre cerro y cerro en las pampas elevadas aún hay enigmáticos glifos zoomórficos como en Canto Grande. Cuando el hombre alcanzó un grado de civilización, sacralizó los cerros como el apu San Cristóbal. En algunos hay ofrendas cimeras, otros son tarjados por caminos llamados incas y en muchos aún quedan los restos de recintos administrativos a sus pies como en Puruchuco o de “fortalezas” antiguas como en Collique. El sabio antiguo no ocupó el área cultivable sino que se apeó a los cerros.

El San Cristóbal deviene en el emblema de la ciudad cuando la cruz española se monta sobre otra creencia y convierte su imagen en protectora de la ciudad. En la lejana colonia los cerros eran descubiertos cubriéndose de verdor de loma, sobre todo en junio, y asomaba la flor limeña por excelencia, el amarillo amancae y en torno a este y al cerro nuestras tradiciones se comían, se bebían y se bailaban a caballo y a pie.

Hasta que el hombre llenó de cemento sus laderas. Asfaltó una tradición que sobrevivió largamente en la República.

En los cerros de Lima el hombre hizo su trinchera de guerra, su atalaya de defensa. En los cerros de Lima cayeron bravos hombres por defender su ciudad, su honor. Ahí está el Zigzag entre Surco y Chorrillos, el Viva el Perú, los de Pamplona, el heroico Marcavilca. En uno de ellos, con un siglo de arena de por medio, fue encontrado un soldado. Desconocido su nombre, conocida su debacle, el cerro fue su tumba.

Marcavilca volvería a sonar con otra invasión esta vez no de enemigos sino de los nuestros. Los cerros comenzaron a poblarse en el siglo XX, principalmente por crisis y causas políticas y muchas veces avalados y servidos en provecho del político de turno.

Armatambo es el más antiguo, data de 1924, su origen ligado a los yanaconas de las rancherías de la Hacienda Villa, luego Leticia en 1933 en las faldas del San Cristóbal. El más sonado, San Cosme en 1946.

Los cerros pelados ahora peleados. Los cerros tachoneados de miseria que llamaron barriada.  Y hubo una vez en que los pastores nómades aún bajaban en la década de los sesenta y veían como Lima se comía a sus cerros. Manadas de perros salvajes resbalaban a comerse, también, a los pollos de la granjas. No más. Los cerros de Lima tienen fecha de caducidad.

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