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El Comercio, una historia compartida; por Carmen McEvoy

"El Comercio me recuerda eventos históricos bastante duros pero el diario también me refiere a momentos plácidos de mi infancia".

Carmen McEvoy Historiadora

El Comercio

(Ilustración: Giovanni Tazza).

Ilustración: Giovanni Tazza.

En una república tan frágil como la nuestra sorprende gratamente que un periódico cumpla 180 años y aún siga dando batalla, a pesar de los múltiples retos de la era digital. Es muy probable que la capacidad de reinvención de El Comercio –toda una institución en un país carente de ellas– provenga de sus orígenes. Fundado el 4 de mayo de 1839 por dos sobrevivientes –Manuel Amunátegui (chileno) y Alejandro Villota (argentino)– de las Guerras de la Independencia, El Comercio representa una suerte de encuentro trasandino en Ayacucho donde un joven realista y otro patriota se inician en el “El Indígena”, un periódico que dura muy poco tiempo. En el caso de El Comercio, su punto de partida ocurre al fin de la década siguiente, cuando el mundo atraviesa una revolución económica, que expande la esfera de las comunicaciones. Al apostar por las palabras y el comercio internacional, Amunátegui y Villota avizoran un cambio de paradigma luego de años de violencia, que llevan al Perú a perder la hegemonía en el Pacífico Sur. Los ex combatientes que vuelven a asociarse luego de finalizada la Guerra de la Confederación –Amunátegui regresa al Perú con la Expedición Restauradora– pensaban que una era de “orden, saber y libertad” sucedería al primer militarismo. Por ello dicha trilogía se constituye en el lema del diario que dos hijos del exilio latinoamericano fundaron con ilusión en la capital del último bastión realista.

Por ser Manuel Amunátegui un buen amigo de Manuel Pardo, además de promotor de la Sociedad Independencia Electoral que luego derivó en el Partido Civil, mi relación con El Comercio tiene mucho que ver con mi trabajo sobre el civilismo. Cómo no recordar esas frías tardes de invierno en la biblioteca del Instituto Riva Agüero, cuando, en medio de bombas y apagones, revisaba los ejemplares amarillentos del decano de la prensa peruana que, junto con los de “El Nacional”, me ayudaron a reconstruir la electrizante campaña presidencial de 1871-72. Muchos de los discursos de Pardo y otros miembros del comando de su campaña aparecieron en las páginas de El Comercio. Así como, también, fueron publicadas las denuncias sobre la manipulación de la misma por parte del gobierno del coronel Balta. El trágico final de la disputa electoral, con Balta asesinado en el cuartel de Santa Catalina y los hermanos Gutiérrez colgados en las torres de la Catedral de Lima, luego de sufrir los embates de la justicia popular, fue reportado por periodistas de El Comercio. Ellos también se encargaron de comunicar, seis años después, la larga agonía de Pardo en la puerta del Senado de la República. Respecto a este magnicidio, no hay que olvidar que, antes de encontrarse con su verdugo en el Palacio Legislativo, el fundador del primer partido político de nuestra historia fue al local de El Comercio. Ahí corrigió su último discurso ante el Senado, el que fue publicado póstumamente, junto con el sermón en su misa de honras fúnebres, pronunciado a cinco meses de declarada la Guerra del Pacífico, por monseñor Roca y Boloña.

El Comercio me recuerda eventos históricos bastante duros pero el diario también me refiere a momentos plácidos de mi infancia. Pienso, por ejemplo, en esas tardes de sábado, cuando mi papá resolvía el Geniograma rodeado por una docena de tomos de la Enciclopedia Quillet y al compás de la música de Radio Nacional y yo era su ayudanta. En el baúl de los recuerdos que uno siempre abre en fechas especiales, encontré una vieja columna que escribí en los meses previos a la caída de Alberto Fujimori. En una coyuntura en la cual El Comercio jugó un papel fundamental, uno de sus directivos me pidió una colaboración y yo se la mandé desde Sewanee. Titulada “Máscaras peruanas”, la columna planteaba algunas preguntas, a propósito de la falsificación de firmas, que vale la pena recordar en esta era de la posverdad: “¿Cómo ha podido llegar nuestro país a esta situación tan patética? Una en la que transitamos por un laberinto de espejos, una suerte de baile de máscaras siniestro, en el que la mentira y la calumnia han sentado sus reales […] Con una esfera pública saturada de imágenes contrapuestas, que no solo distorsionan la verdad sino que crean a la vez una realidad virtual que seduce y que confunde […] ¿Es que estamos los peruanos condenados a vivir también en aquella ‘región transparente’ descrita por Carlos Fuentes? ¿En esa zona turbia de aguas empozadas y de oxígeno enrarecido donde es más exitoso el que fabrica las mejores mentiras? […] Y al final, quizás, en el más puro estilo borgiano termina, por convencerse y, lo que es más trágico, por convencer a millones de peruanos que ellas constituyen la verdad”.

Cuando mi gran amigo Fernando Berckemeyer me convocó, hace más de cuatro años, para escribir una columna bisemanal para la página de opinión de El Comercio (“tienes toda la libertad para escoger tus temas”, me dijo), yo no estaba totalmente preparada para ese gran reto. Y a pesar de que su generosidad y enorme paciencia lograron atenuar mi preocupación por balancear conocimiento académico y difusión masiva, esta experiencia ha sido sumamente enriquecedora para mí. Estar alerta sobre la coyuntura y a la vez ser capaz de colocarla, con errores y aciertos, dentro de un proceso histórico tan complejo como el nuestro me han dado una mejor perspectiva como historiadora y como ciudadana. Por todo ello felicito a El Comercio en su aniversario y le agradezco la oportunidad de colaborar con mi granito de arena en el fortalecimiento de la república, cuya historia corre paralela a la de un diario cuyos fundadores fueron testigos de su nacimiento en los campos de Ayacucho.

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