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La corrupción en la cumbre, por Fernando Rospigliosi

“Varios de los presidentes presentes en el evento son probablemente parte del problema y no de la solución”. 

Fernando Rospigliosi Analista político

Cumbre de las Américas, Martín Vizcarra

“Es poco factible que varios gobernantes, que en sus países están involucrados en prácticas oscuras, estén interesados realmente en apoyar medidas concretas”. (Foto: Difusión)

Sin duda el tema de la Cumbre de las Américas, gobernabilidad democrática frente a la corrupción, es apropiado y pertinente en un continente conmocionado por el escándalo Lava Jato. Pero es poco probable que tenga resultados que ayuden realmente a combatir ese mal endémico en la región.

Varios de los presidentes presentes en el evento son probablemente parte del problema y no de la solución, y no estarán especialmente interesados en avanzar en el establecimiento de dispositivos y herramientas que efectivamente sirvan para coordinar la lucha contra la corrupción entre los países. Lo que sí tendremos en abundancia es una catarata de discursos en los que ni ellos ni la opinión pública creen.

La deserción de Donald Trump desluce el evento no solo porque es el presidente del país más poderoso del mundo, sino porque sus características personales lo iban a ubicar en el centro del espectáculo, que es lo que el público quiere ver. Y la anunciada ausencia del villano del teatro internacional, Nicolás Maduro, famoso también por sus exabruptos, sus metidas de pata y su insolencia chabacana, termina de quitarle atractivo mediático a la cumbre. Las groserías de Evo Morales no podrán compensar la pomposa majadería de Maduro.

La ausencia de Trump no solo le resta interés de la prensa a la reunión, sino que la indiferencia casi total del mandatario estadounidense por lo que ocurre al sur de México es perjudicial, dado que el poder de Estados Unidos puede desempeñar un papel importante en ciertos aspectos. Por ejemplo, luego de los atentados del 11 de setiembre del 2001, los norteamericanos impulsaron –por no decir presionaron– para que se establecieran unidades de inteligencia financiera (UIF) en los países de la región. Su interés era encontrar y perseguir la financiación del terrorismo. Pero la UIF ha jugado en el Perú un papel importante para investigar el lavado de dinero, el narcotráfico, la minería ilegal y la corrupción de funcionarios.

También EE.UU. promovió el cambio a un sistema judicial acusatorio –que ya se está aplicando en el Perú–, abandonando el inquisitivo. No es casualidad que ahora en casi toda la región se haya producido esa transformación.

También la influencia de EE.UU. para erradicar los golpes de Estado militares desde la década de 1980 fue decisiva para que no se repitieran en América Latina. Aunque la injerencia norteamericana en estos temas irrite a los nostálgicos izquierdistas, es la realidad. Pero ahora ese ascendiente se ha debilitado.

Así, probablemente tendremos una cumbre gris, con muchas declaraciones y pocos resultados.

Porque si hubiera realmente interés en avanzar en la lucha anticorrupción, podrían establecerse instrumentos que permitan una cooperación más rápida y eficaz entre las autoridades fiscales, judiciales y policiales. O limitar las posibilidades de personajes corruptos que, guareciéndose con el manoseado pretexto de la persecución política, se refugian en otros países para evitar que los alcance la justicia.

Pero es poco factible que varios gobernantes, que en sus países están involucrados en prácticas oscuras, estén interesados realmente en apoyar medidas concretas.

La corrupción en nuestros países es endémica y abarca “todo”, a los de arriba y a los de abajo, como dice uno de los protagonistas de la serie “El mecanismo” que narra la operación Lava Jato en Brasil.

“Es algo infinito. Es una manera de operar que se alimenta a sí misma y expulsa, escupe todo lo que no es parte de sí. El mecanismo está en todo. [...] En el macro y en el micro. Se trata de un patrón. El poder económico y los funcionarios actúan juntos. Los políticos nombran a los directores, quienes asignan las obras. Siempre son los mismos contratistas. Estos cobran más por el proyecto y devuelven parte del presupuesto a los políticos y directores en forma de soborno. Un sistema que se perpetúa a sí mismo. [...] El mecanismo está en todo. [...] Los ricos cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres. No existen partidos. No existe ideología. No existe la izquierda o la derecha. Quien gobierna tiene que mantener las cosas funcionando, es el patrón. Y fue lo que eligió a todos los presidentes hasta hoy. A todos. Quien se niega a ser parte de eso no tiene futuro. Ese es el mecanismo”.

Pero finalmente cayeron en Brasil. Muchos de los políticos y empresarios más poderosos de ese país hoy día están presos gracias a una de esas excepcionales confluencias en el tiempo de jueces, fiscales y policías honestos y valientes respaldados por una opinión pública harta de la corrupción.

En el Perú eso ocurrió hace casi dos décadas y todavía no se ha repetido.

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