"Por lo pronto todos los ojos confluyen en la figura de la primera ministra, una mujer de cuarenta años llamada Jacinda Ardern". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Por lo pronto todos los ojos confluyen en la figura de la primera ministra, una mujer de cuarenta años llamada Jacinda Ardern". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alonso Cueto

Escritor

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Conocemos a las personas, a los líderes y a las sociedades por el modo como reaccionan frente a las amenazas. Hace poco un amigo me pasó un artículo de Elle Hunt en “The Guardian” sobre el modo como ha lidiado con la crisis. La isla de Oceanía ha tenido apenas un poco más de dos mil contagios desde que se inició la pandemia y solo veintiséis muertos en todo el proceso (en el mundo ya hay dos millones y medio). Hoy en día el ha desaparecido en Nueva Zelanda. Ya no hay contagios locales. ¿Qué pudo haber ocurrido para lograr algo así?

Por lo pronto todos los ojos confluyen en la figura de la primera ministra, una mujer de cuarenta años llamada Jacinda Ardern. La flamante lideresa, que tiene un enorme carisma, se ha declarado progresista, feminista y defensora del matrimonio entre personas del mismo sexo, lo que no ha hecho sino aumentar su popularidad. Madre de una niña de dos años, es uno de los lideres más jóvenes del mundo, y uno de los pocos exitosos. Parece tener la combinación perfecta: “una mezcla de acero y de amabilidad”.

Su éxito ha dependido de muchos factores, pero el de las comunicaciones es uno de los más relevantes. Frente a la pandemia su gobierno encargó las estrategias de comunicación a la agencia Clemenger, que decidió hacer una campaña basada en la unidad y las metas comunes. Desde el principio, lo más importante fue encontrar frases cortas y seguras, evitando sembrar el miedo o la alarma entre la gente. La primera y más emblemática fue: “Unámonos contra el ”. Llegaría otra más concreta: “Lavarse las manos mata el virus”. Otra frase fue “Depende de ti cuánta gente vive o muere”. La idea de fondo en la campaña era buscar frases cortas y asertivas, no condenatorias ni restrictivas. Hoy en día cada vez que da un discurso público, Ardern termina con las mismas dos frases imperativas. “Sé fuerte. Sé amable”. Otra de sus frases repetidas es: “Quédate en casa. Salva vidas”.

En la campaña del gobierno de Ardern, los colores elegidos fueron el amarillo y el blanco, con algunas sombras. El propósito no era que la gente se sintiera culpable, lo que podría llevar a su eventual alienación. Uno de los lemas repetidos de la campaña es que todos forman parte de un “equipo de cinco millones de personas”, es decir la población entera del país. En octubre pasado, Arden llevó al Partido Laborista a una arrolladora victoria electoral, que incluía una gran mayoría laborista en el Congreso.

Podrá afirmarse que la población de Nueva Zelanda es más pequeña y compacta, que sus indicadores educativos son mayores, y que es más fácil hacer una historia de éxito en un país como ese. Es probablemente cierto. Pero detrás de sus logros en la comunicación hay una antigua verdad para el liderazgo en cualquier parte del mundo.

La historia está llena de ejemplos desde Julio Cesar a Martin Luther King. Un buen líder dedica lo mejor de su tiempo a esbozar sus planes para proponer un futuro razonablemente mejor, no a la diatriba ni a la confrontación o a la calumnia como se ha visto siempre entre nosotros. Las palabras son actos que muchas veces han definido el curso de la historia. Y son un ingrediente fundamental en la política bajo cualquier plataforma que se le mire. Las palabras hacen posible que la gente pueda creer en quien las dice, el único modo de crear una comunidad. Pocas historias de éxito como la de Jacinda Ardern y su confianza en el lenguaje.