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Lo que no cuesta, no obliga, por Javier
Díaz-Albertini

“Necesitamos campañas para recordar que todos somos contribuyentes. Recién ahí aumentaría la indignación ciudadana”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

impuestos

"Creo que los pobres están más necesitados de obras y un buen número no considera que se les esté robando". (Ilustración: Giovanni Tazza)

En las últimas elecciones municipales, una encuestadora preguntó a los limeños quién creían que “robaría, pero haría más obra” de llegar a ser alcalde de la ciudad. Casi la mitad de encuestados –un 49%– manifestó que sería el candidato Castañeda. Con estos resultados, un reportero salió a la calle a preguntar por qué votarían por alguien que les robaría. Muchos de los entrevistados miraban incrédulamente al reportero y le decían: “Pero a mí no me está robando”. El reportero, más incrédulo aún, les decía: “Entonces, ¿a quién?”

La historia moderna nos muestra que una parte esencial de la ciudadanía es el pago de tributos, especialmente los directos. En conjunto con el voto, la educación universal y el servicio militar, ayudó a forjar una identidad compartida en muchas sociedades. Es una parte esencial del contrato social entre el Estado y los ciudadanos. En muchas democracias, los impuestos incrementaron las capacidades de los gobiernos, disminuyeron el costo de la acción colectiva, fortalecieron el sentido del deber e impulsaron la rendición de cuentas.

Solo 11% de los peruanos paga impuestos directos (aquellos relacionados con sus rentas). La principal razón es que la valla para pagar este tributo es alta, recién ocurre al superar las 7 UIT o S/28.350 anuales. Actualmente, el ingreso promedio mensual por trabajo en nuestro país se encuentra en casi S/1.400. Es decir que, anualmente y considerando gratificaciones, este monto está muy por debajo de la cantidad señalada por la Sunat.

Por otro lado, el 60% de tributos recaudados se trata de impuestos indirectos, siendo el más importante el Impuesto General a las Ventas (IGV). Es un tributo del cual nadie se puede escapar porque se encuentra incluido en casi todos los bienes y servicios que consumimos.

Hay dos problemas con los impuestos indirectos. En primer lugar, normalmente están incluidos en el precio final del bien o servicio y solo uno ellos (el IGV) se visibiliza en el recibo o factura. Cuando cualquier comercio anuncia un precio, este incluye el IGV y también podría incluir aranceles, Impuesto Selectivo al Consumo, entre otros. En los casos de la gasolina y la cerveza, los impuestos llegan al 60% del precio. La mayoría de consumidores no es consciente de este tributo oculto o, en todo caso, no conoce su magnitud.

El segundo problema es que los impuestos indirectos son regresivos. Así, el que tiene menor renta paga una mayor proporción con respecto a sus ingresos. El impuesto de S/2 pagado por una cerveza es una proporción más alta para el que gana un salario mínimo en comparación a un acaudalado profesional. En su informe sobre el Perú, la OCDE considera que la falta de progresividad en nuestro sistema tributario es uno de los factores que no contribuye a la reducción de las desigualdades.

En una encuesta realizada por la Universidad de Lima, el 31,8% de limeños manifestó que era preferible un alcalde que “haga buenas obras, aunque robe”. Sin embargo, al examinarlo por niveles socioeconómicos, en los NSE D/E, el porcentaje aumentaba a 53,1%, mientras que en los NSE A/B era solo el 14,2%. No creo que esta diferencia se deba a un mayor sentido ético de los que más tienen, porque estudios muestran que las personas de mayores ingresos tienden a ser más corruptas.

Más bien, creo que los pobres están más necesitados de obras y un buen número no considera que se les esté robando. Bajo esta concepción, el alcalde que roba y hace obras sería una suerte de Robin Hood moderno, que quita a los ricos para darles a los pobres.

Resulta esencial que todos seamos conscientes de que pagamos impuestos. Quizás sea mejor rebajar la valla de los impuestos directos y reducir los indirectos. Aunque sería más difícil recaudar con tanta actividad informal. Pero sí necesitamos campañas permanentes para recordar que todos somos contribuyentes. Recién ahí, creo yo, aumentaría la indignación ciudadana sobre tanto presidente ratero, congresista comechado, alcalde cutrero, funcionario coimero y tomaríamos acción en las próximas elecciones o manifestando en la calle.

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