La tarea de José Jerí como presidente parecía a su alcance, a pesar de los cuestionamientos con los que inició su mandato. Tenía ambición política y un entendimiento del papel público que debía desempeñar (a diferencia de José María Balcázar); de allí que se le acusara de ser puramente performativo. No era descabellado pensar que podría haberle ido un poco mejor; lo perdió su propia personalidad.
Jerí cayó en medio de un desgaste acelerado y de los cálculos electorales de los partidos en el Congreso. Estos, nuevamente, evidenciaron un grave menosprecio por la institucionalidad al recurrir al mecanismo de la censura del presidente del Congreso. Correspondía seguir el camino de la vacancia, del que también se ha abusado ostensiblemente. Los precedentes negativos se siguen acumulando.
Las candidaturas de José María Balcázar y María del Carmen Alva son muy elocuentes de cuán lejanos están los consensos dentro del Parlamento de las percepciones de la opinión pública. Si Balcázar se impuso es porque, desde la izquierda, fue más capaz de articular votos del centro y de la derecha sobre la base de negociaciones pragmáticas, cortoplacistas y de pequeñas cuotas de poder.
En sus primeras intervenciones como presidente, Balcázar no ha mostrado tener una comprensión del papel que le toca desempeñar, y tener a Hernando de Soto como presidente del Consejo de Ministros podría multiplicar el problema por dos. De lo que se trata es de conducir el país por cinco meses con mínimos sobresaltos, garantizar el desarrollo de las campañas, la realización de elecciones limpias y transferir ordenadamente el poder al nuevo presidente electo. Mientras tanto, atender problemas urgentes de inseguridad y violencia, las emergencias climáticas y poco más. Una agenda bien acotada, pero que corre el riesgo de quedar incómoda a Balcázar por los compromisos asumidos con sus socios en el Congreso, y para las aspiraciones y ambiciones de De Soto.
Si vamos a un análisis más de fondo, llama lamentablemente la atención el escaso impacto de la censura y el cambio de presidente: los ciudadanos tenemos expectativas tan bajas de los gobiernos que asumimos que todo seguirá básicamente igual. Y lamentablemente no nos falta razón.
Si hemos tenido ocho presidentes en vez de dos en los últimos 10 años, a diferencia del período anterior, de tres presidentes en 15 años, es porque la naturaleza de los partidos políticos ha cambiado. Antes primaba cierta moderación, actores ubicados en el centro político, la subordinación del particularismo craso a ciertas orientaciones básicas de política pública. Desde el 2016, con básicamente las mismas reglas institucionales, la naturaleza de los partidos cambió. Partidos con más tradición y consistencia perdieron coherencia, y fueron desplazados por otros, mucho más precarios. En general, se impusieron tendencias populistas y confrontacionales; la inconsistencia de los partidos dificulta cada vez más la posibilidad de construir coaliciones y mayorías, y cuando se forman lo hacen en función de repartos de pequeñas cuotas de poder o intereses reactivos de corto plazo muy particularistas, también inestables, sobre la base además de liderazgos cada vez más precarios. Digamos que antes los partidos parecían combis, pero tenían chofer y cobrador; ahora pareciera que los pasajeros controlan la ruta. Y estos han impuesto en los últimos años el parlamentarismo chicha o informal que vivimos.
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