Así se titula en parte el poema de Lola Rodríguez de Tió y, también, la canción de Pablo Milanés, quienes describen la cercanía entre las islas de Cuba y Puerto Rico, que no solo gozan de proximidad geográfica, sino también histórica y cultural.
Son islas, además, que han tenido un profundo impacto en dos generaciones diferentes de jóvenes peruanos. La isla de Cuba fue un faro que entusiasmó a los jóvenes de los años cincuenta y sesenta. La revolución castrista representó un cambio radical en cómo visualizábamos nuestras sociedades y sus manifestaciones culturales. La entidad que unía a los jóvenes era la política y nos identificábamos con los ritmos y letras de la nueva trova, que representaba un modelo alternativo al ‘imperialismo yanqui’. Por el contrario, en esa época, Puerto Rico era visto más bien como una colonia con identidad fallida y una dependencia enorme hacia Estados Unidos.
Pasaron los años y Cuba terminó bajo una dictadura geriátrica y en bancarrota. Los jóvenes ya no estaban para revoluciones y represión, sino que eran parte de una nueva cultura hedonista, individualista y consumista, y se volvieron más de derecha; mientras que la cultura urbana puertorriqueña fue creando una identidad más apropiada a las nuevas demandas. El rap latino, el reguetón, la bachata, con temas de fuerte contenido sexual y consumo conspicuo sobre la base de marcas lujosas, eran parte de un modelo mucho más apropiado para jóvenes que poco les importaban los asuntos ideológicos.
Hoy el éxito de Bad Bunny, sin embargo, es que, al regresar a sus fuentes identitarias puertorriqueñas, ha logrado unificar a los jóvenes que viven la segregación y discriminación como inmigrantes de los países poderosos. A pesar de que los símbolos que utiliza son muy boricuas, ha logrado traspasar las fronteras culturales y reivindicar a la diáspora latinoamericana.
Al final de su presentación en el Super Bowl, logra capturar esta nueva revolución, especialmente en la canción “Lo que le pasó a Hawái”. Una crítica al modelo actual que desplaza a la gente y obliga a la emigración.
Gracias a los procesos de gentrificación y apropiación de los recursos nacionales en favor de lo foráneo, se destruye, entonces, a la familia, el barrio, la comunidad y la reciprocidad.
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