La democracia (in) corrupta, por Santiago Roncagliolo
La democracia (in) corrupta, por Santiago Roncagliolo

Yo voté por Toledo. Y más de una vez. Fue en aquella era de las cavernas institucional, cuando los peruanos aún debíamos decidir si la democracia nos parecía conveniente. Y decidimos que sí.

Aunque después de votar nunca volví a ser especialmente fan de Toledo, sus reacciones ante las acusaciones de corrupción en el Caso Odebrecht me han producido una mezcla de vergüenza y grima. De acuerdo: el ex presidente tiene derecho a la presunción de inocencia. Pero su propia defensa es un grito de culpabilidad.

En lo que parece una estrategia de autoincriminación en múltiples frentes, el ex presidente ha saturado sus entrevistas de medias verdades y mentiras completas. Para destruir cualquier resto de credibilidad, se ha negado a presentarse ante las autoridades peruanas, o siquiera a aclarar su paradero. Su esposa, en vez de argumentar su inocencia, ha declarado en público que se sabe las corruptelas de muchos otros, y está dispuesta a hundirlos si hablan (más o menos lo que haría Don Corleone). Finalmente, su abogado ha anunciado que buscará la prescripción del delito, que es como decir “sí robé pero ya fue”. 

Vaya defensa. Parece diseñada por la fiscalía. Y sobre todo, vaya desfachatez.

Aunque Toledo dé muestras de excepcional torpeza, el Caso Odebrecht está dejando muy mal parada a toda la clase política peruana. Lo más triste es que la sed de dinero de los corruptos alimenta el desencanto contra la democracia. Al ver que todos roban, los ciudadanos piensan en el sistema como una mafia.

Ese desencanto no es una exclusividad peruana. Estas semanas, de hecho, está marcando la actualidad internacional. Y no solo por el Caso Odebrecht, que también amenaza con hundir la imagen del presidente colombiano Juan Manuel Santos. En Estados Unidos, Donald Trump recibió un voto de castigo contra las élites corruptas de Washington, y empieza a atacar al Poder Judicial. En Francia, las denuncias contra el candidato republicano François Fillon, que desvió fondos públicos hacia su familia, son capitalizadas por la extrema derecha, que acusa a la democracia de ser una farsa para beneficio de los ricos. El discurso de estos extremistas es igual al del chavismo venezolano. Los extremos se tocan.

Pero no debemos dejar que nos engañen: la democracia no es el sistema en que las élites roban: es el sistema en que pueden ir presas.

Los poderosos –de toda ideología– roban siempre que pueden. Y tratan de cubrirse con el mayor cinismo. Las garantías como libertad de prensa e independencia judicial son el único freno. La pasada semana, sin ir más lejos, el gobierno rumano intentó aprobar un decreto que indultaba corruptos y les permitía robar del fisco hasta 44 mil euros sin sanción penal. Fue precisamente gracias a las libertades democráticas que la prensa pudo hablar del tema y los ciudadanos, organizarse. Más de medio millón de rumanos salieron a la calle y lograron parar la norma.

Cuando los casos de corrupción salen a la luz, nos decepcionamos de la democracia. Pero es que en las dictaduras, simplemente los casos no salen a la luz.

Así que, a la distancia, no me arrepiento de haber votado por Toledo. Confié en una forma de gobierno en la que sus tropelías aparecen publicadas en los medios de prensa. Y el Ministerio Público le abre una investigación, como ha ocurrido. Toca al Congreso investigar el caso en profundidad y legislar con dureza en estos temas, sin cubrir las espaldas de los corruptos de otros partidos. Si lo hace, confirmaré que, después de todo, el mío no fue un voto perdido.