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El dolor que no pide compasión, por Francesca Denegri

"El dolor que no tiene nombre marcó su identidad a partir de ese momento y le abrió las compuertas de una solidaridad".

Francesca Denegri Profesora de Literatura de la PUCP

Mamá Angelica

"Ella negó las acusaciones y siguió imperturbable en su tarea de buscar esa justicia que parecía cada vez más elusiva". (Foto: Difusión)

Hace tres días, cuando se celebraba el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, enterraron a Mamá Angélica. Esperó los cinco años, tres meses y dos días que duraría el juicio oral de Los Cabitos para escuchar la sentencia por la que había luchado sin descanso desde que le desaparecieron a su hijo, y después Mamá Angélica murió. En esa sentencia, el Estado Peruano reconoció que a Arquímedes Ascarza Mendoza, de 19 años, el ejército se lo había llevado una madrugada de julio de 1983 hasta el cuartel de Huamanga para matarlo e incinerarlo en un horno preparado para esos fines. A su hijo Arquímedes que era inocente.

Desde esa madrugada Mamá Angélica se entregó en cuerpo y alma a su búsqueda. En el cuartel, en la Policía de Investigaciones, en la Guardia Republicana, en la comisaría. Todos los días, mañana, tarde y noche. En su peregrinaje por los círculos del infierno se encontró con cinco mujeres que también buscaban a sus esposos, a sus hijos desaparecidos. “Las señoras lloraban, pobrecitas, buscando”, relata en uno de los testimonios que nos ha dejado. Con ellas fundó Anfasep, una de las primeras organizaciones de derechos humanos en el Perú.

El dolor que no tiene nombre marcó su identidad a partir de ese momento y le abrió las compuertas de una solidaridad que ejercería con los huérfanos de la guerra hasta el final de su vida. Juntas las seis mujeres recorrieron las quebradas donde los agentes del Estado botaban a los muertos. En los barrancos, riachuelos, pampas, botaderos y acequias, Mamá Angélica gritaba con todas sus fuerzas: “Arquímedes, ¿estas ahí?”. Y con paciencia infinita les daba la vuelta a cada uno de esos cuerpos sin vida, esperando que entre ellos estuviera el de Arquímedes. “Pero nunca encontré, mamá”, dice mirándonos con ojos donde sin embargo no hay odio.

Comenzaron los viajes a Lima. A la fiscalía, a la coordinadora, al Congreso, a los abogados. La primera vez tuvo que dormir bajo un árbol de la ciudad. Con escarnio le gritaban “loca”, “terruca”, “india mentirosa”, “ignorante”, tratando de despolitizar su lucha. Cuando la amenazaron con dispararle, ella dijo: “Dispara, te pago tus cinco soles por la bala, pero me devuelves a mi hijo”. En setiembre de 1992 el presidente Fujimori la acusó de embajadora del terrorismo en Francia. Ella negó las acusaciones y siguió imperturbable en su tarea de buscar esa justicia que parecía cada vez más elusiva. Nunca se cansó de organizar manifestaciones, marchas, incidencias en la fiscalía, con congresistas. Y así fue agrupando a la procesión de centenares, miles de familiares de desaparecidos.

Sin Mamá Angélica no se hubiera creado la CVR, declara la ex comisionada Sofía Macher. Sin su insistencia, dice Sofía, sin su activismo contra viento y marea, y sin su disposición a seguir contando la tragedia de la desaparición de Arquímedes cuantas veces fuera necesario, como una letanía, no hubiera habido una CVR. Era lo único que le importaba, que se hiciera justicia por él y por los demás desaparecidos. Y no paró hasta lograrlo.

Mamá Angélica representa el gran dolor del último tercio del siglo XX en el Perú y en América Latina, pero no el dolor que pide compasión, sino acción política para lograr justicia. El incansable trabajo de esta mujer chiquitita, de origen campesino, y con la fuerza descomunal que le inspiró su amor de madre y su enorme sed de justicia, logró lo impensable, la desestabilización del Estado Peruano.

Porque fue ella uno de los motores detrás de la derogatoria de la ley de amnistía que pretendía hacer desaparecer a los victimarios, y con ellos a sus víctimas por segunda vez. Fue ella también una figura central en la creación de la dirección y la ley de búsqueda de desaparecidos que la ministra de Justicia, Marisol Pérez Tello, gestionó sin temblarle la mano. Y fue también por ella, finalmente, que el Estado reconoció lo que venía negando desde hacía treinta y cuatro años: que a su hijo que era inocente lo habían matado, no por exceso, sino como parte de una política de Estado. Mamá Angélica vivió para lograr lo impensable. Y solo después Mamá Angélica se dejó morir.

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