"El ‘soft power’ del liberalismo democrático consiste en ser tanto una ideología que se sustenta en las libertades individuales como una forma de gobierno que defiende la competencia política en igualdad de condiciones". (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)
"El ‘soft power’ del liberalismo democrático consiste en ser tanto una ideología que se sustenta en las libertades individuales como una forma de gobierno que defiende la competencia política en igualdad de condiciones". (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)
Ignazio De Ferrari

Politólogo. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

Por estos días hace 30 años Berlín era el centro del mundo. El 9 de noviembre de 1989 caía el muro que había dividido a una ciudad, a un país y al planeta en dos grandes bloques irreconciliables. La sensación de optimismo por el fin de la dictadura socialista y por el inicio de una nueva era política no parecía tener fin. Con el triunfo del político y económico habíamos llegado, supuestamente, al fin de la historia.

Durante casi medio siglo entre el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y el colapso soviético, el mundo se había debatido entre dos grandes relatos sobre qué constituía una buena sociedad y sobre cómo maximizar el progreso humano. Tanto el socialismo como el liberalismo se consideraban alternativas viables. Sin embargo, el abrupto final de la Primavera de Praga, la Revolución Cultural de Mao, la radicalización del régimen castrista y los tanques de Tiananmen terminaron recordándonos que la utopía socialista resultaba muy difícil de llevar a la práctica. Caía el muro y el liberalismo se convertía en la única alternativa con aspiraciones globales.

El ‘soft power’ del liberalismo democrático consiste en ser tanto una ideología que se sustenta en las libertades individuales como una forma de gobierno que defiende la competencia política en igualdad de condiciones. A través de elecciones pacíficas, permite la confrontación de diferentes visiones sobre el futuro. En este último punto radica justamente la dificultad para que surja una narrativa alterna. Los procedimientos de la –con sus elecciones libres y derechos civiles– permiten acoger visiones enfrentadas sobre el mundo para llegar a acuerdos, a una síntesis. El hábitat natural del liberalismo democrático como forma de gobierno es el consenso.

En efecto, algunas de las principales críticas que se atribuyen al liberalismo –en particular, la crisis climática y el crecimiento de las desigualdades socioeconómicas– constituyen un buen ejemplo de lo difícil que es el surgimiento de otro relato hegemónico. La crisis climática es probablemente el mayor riesgo a la supervivencia del planeta, y las desigualdades socioeconómicas explican buena parte del ascenso de populistas autoritarios como Donald Trump y el ‘brexit’. Sin embargo, estas luchas no están enmarcadas en una gran narrativa alternativa al liberalismo. Por el contrario, parece ser cada vez más claro que la mejor forma de hacer frente a estos desafíos es desde el reformismo democrático. Una vez más, la tensión entre ideología y forma de gobierno.

Pese a los enormes logros del liberalismo, tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, el fin de la historia no ha llegado y asistimos a una crisis fundamental de las grandes narrativas. El optimismo del 89 ha sido reemplazado por un pesimismo bastante generalizado sobre el estado de la democracia y los valores liberales alrededor del mundo. El hecho de que no haya aparecido una alternativa al liberalismo no significa que este no esté en problemas, fruto de sus propias contradicciones, como las señaladas en el párrafo anterior.

En la última década el avance de la democracia se ha detenido, y algunas de las que parecían consolidadas como Turquía, Hungría y Polonia –los últimos dos miembros de la Unión Europea– han dado un claro giro autoritario. En América Latina, Venezuela, Nicaragua y más recientemente Bolivia se han unido a Cuba en la lista de Estados autoritarios. Como explican los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en “How Democracies Die”, las democracias mueren y morirán cada vez menos reducidas por el fuego de los tanques, y cada vez más como resultado de la apatía ciudadana frente al asalto lento pero seguro de los Trump, Orbán y Erdogan de nuestro tiempo.

Visto en retrospectiva, es posible que el origen de la crisis actual del liberalismo esté en los sucesos de noviembre del 89. Hasta entonces, el liberalismo democrático existía, a la vez, como defensa de unos valores determinados y como oposición a otros. Y si bien el colapso del comunismo libró a millones de personas de regímenes opresores, la realidad también es que dejó al orden liberal sin otro referente, sin contraposición. Como ha señalado Timothy Garton Ash, al no tener más una carrera que ganar, el liberalismo democrático se durmió en sus laureles.

Nos enfrentamos, en resumen, a una crisis de los grandes relatos en general, y del liberalismo en particular. Dos posibilidades emergen ante este escenario. La primera, quizá en el mediano plazo, es que emerja una alternativa al liberalismo con aspiraciones globales. La segunda es que los desafíos del siglo XXI sean suficientes como para energizar a una generación de jóvenes que, como la activista Greta Thunberg, se valga de las herramientas de la democracia para reformarla en favor de las grandes mayorías.