El año pasado se cumplió el bicentenario del fallecimiento, a los 38 años de edad, de José Faustino Sánchez Carrión, prócer, constituyente, editor de “La Abeja Republicana”, ideólogo de la emancipación e intendente del ejército patriota en la batalla que selló la independencia del Perú. Y, a pesar de que un colectivo de entusiastas huamachuquinos solicitó al gobierno de Dina Boluarte declarar el 2025 como el año del Solitario de Sayán, la señora de la frivolidad y la ignorancia infinita consideró que era mucho más importante celebrar el “despegue económico” del Perú (sic) que colocar en el centro del debate nacional a un norteño, portador de las claves, además de las lecciones de ética, civismo y patriotismo, que tanta falta nos hacen en tiempos de «plata como cancha» y un ejército de delincuentes obteniéndola a balazo limpio.
Con la finalidad de neutralizar un desaire inaceptable de quien eludió conmemorar, por pura cobardía, la batalla de Ayacucho, un grupo de historiadores y admiradores del discípulo de Toribio Rodríguez de Mendoza nos reunimos en Lurín, donde un busto de bronce nos recuerda el lugar donde falleció. El ritual no pudo realizarse en la tumba del Tribuno de la República debido a que su cuerpo, desaparecido al igual que su legado, importa muy poco, por no decir absolutamente nada, de la misma manera que no interesa dotar al Perú de un Archivo General de la Nación acorde con su pasado milenario.
Definido por su rupturismo y acelerada radicalización, el camino de Sánchez Carrión, de Huamachuco a Lima, con una estadía de tres años en el Seminario de San Carlos y San Marcelo, donde bebió de la Ilustración católica trujillana, ilumina la fascinante peruanización de un liberteño que se expresa concretamente mediante la redacción de la primera constitución del Perú, de corte liberal. No solamente ello: la presencia del autor del extraordinario ensayo “Sobre la dignidad de la República” en un debate ideológico fundamental, como lo fue el que enfrentó a la opción republicana con la de la monarquía constitucional, da luces sobre el universo conceptual de un hombre nacido en la sierra liberteña, cuyo viaje de la periferia al centro dota de contenido a su opción ideológica descentralista. En este contexto, cabe recordar que el historiador de “los terruños mexicanos”, Luis González, bautizó la historia que se ocupa de la relación periferia-centro como una en la que dialogan la matria —entendida como la madre, la localidad y el origen— con la historia patria. Esta última se concreta del lado del padre, que remite al mundo del pleito sobre el mundo y su conquista. Al final —y esto le ocurrió a Sánchez Carrión—, descubrimos que el terruño no fue para él un lugar meramente físico, sino uno asociado al alma, a la memoria: «el lugar de la infancia y la madre», que perdió a muy temprana edad.
Es por todo lo anterior que el primer asunto por tratar respecto de la vida y obra de Sánchez Carrión —y ello ocurrirá en el libro que venimos preparando para recordar su contribución a la historia de la República— es su legado humanista concebido desde la periferia. Un hecho que resulta fundamental de cara al presente trágico que vive su región, en especial Trujillo, donde el hijo de Huamachuco brilló en los cursos de Arte, Filosofía, Oratoria y Teología dictados en el Seminario de San Carlos y San Marcelo. Ciertamente, a pesar de que el Perú cuenta con un origen humanista e ilustrado que ayuda incluso a entender un tipo específico de movilidad social vía la educación, las guerras civiles que marcaron el siglo XIX peruano e incluso buena parte del XX socavaron no solo nuestra aproximación a las humanidades, sino la fortaleza del proyecto educativo que, en algún momento muy lejano de nuestra historia, le fue afín. Sin embargo, es bueno recordar que el dramático desplazamiento de «la inteligencia constructiva» y la entronización de la deshumanización y la violencia, que diariamente padecemos, son parte de una tendencia que va dominando el mundo. Y de ello dan cuenta los escritos de una serie de pensadores notables, como es el caso de Nuccio Ordine, quien nos ha regalado una de las más lúcidas relecturas del Renacimiento, un experimento que, como bien sabemos, supuso la vuelta a esos clásicos que el académico italiano consideró parte de una herencia universal que, como es el caso de nuestros carolinos, entre los que figura Sánchez Carrión, puede rescatar a una humanidad sumida en la oscuridad. La combinación de desinterés, estupidez, frivolidad, rapacidad, pero, por sobre todo, ausencia de recursos para una educación pública de calidad no ha permitido socializar a nuestros niños en una cultura de la paz y la creatividad capaz de enfrentar la crueldad infinita que todo lo destruye. Y, en ese dramático escenario de niños sicarios y niñas prostituidas por unos cuantos soles, no habrá “Escudo de las Américas” que resuelva una carencia estructural expresada en el desprecio por la vida, como los terribles sucesos en La Libertad secuestrada nos están mostrando un día sí y el otro también.