Local USEl rally de los pitufos
La competencia será grande; los competidores, no tanto.

Periodista

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Los procesos electorales, dicen algunos, se parecen a las carreras de caballos. Y tienen razón. Las semejanzas entre esos dos tipos de competencia son tan evidentes que no hace falta enumerarlas. La principal, en cualquier caso, tiene que ver con la naturaleza del ganador. En las carreras de caballos, como se sabe, el que gana es siempre un caballo.
Los procesos electorales, dicen algunos, se parecen a las carreras de caballos. Y tienen razón. Las semejanzas entre esos dos tipos de competencia son tan evidentes que no hace falta enumerarlas. La principal, en cualquier caso, tiene que ver con la naturaleza del ganador. En las carreras de caballos, como se sabe, el que gana es siempre un caballo.

En lo que concierne a las elecciones del próximo año, sin embargo, la imagen que viene a la mente es ligeramente distinta. Estas serán más una prueba de resistencia que de velocidad, se disputarán en etapas y por caminos de tierra antes que sobre pistas especialmente acondicionadas para el efecto, y rebosarán de participantes sin chance alguna, cuyo aporte al espectáculo será fundamentalmente de colorido. Se tratará, en consecuencia, de unos comicios de características más cercanas a las de un rally que a las de una galopada de hipódromo. Y aunque la inscripción oficial de competidores no está todavía abierta, se diría que la largada de la primera etapa ya se dio, pues hoy vence el plazo para registrar alianzas entre partidos y es claro que, aun en el mejor de los casos, al final del día estas podrán contarse con los dedos de una mano.
Según los cálculos de los especialistas, de las cuarentaitantas organizaciones hábiles para postular en abril, no más de seis serían capaces de pasar la valla por sí mismas. Un elemental instinto de supervivencia, en consecuencia, tendría que haber impulsado a muchas de ellas a buscar las coaliciones que a partir de mañana ya no serán posibles. Y al no haberlo hecho, han quedado en franca desventaja frente a los partidos grandes. Esto es, asumiendo que estos existan…
–Salón de espejos–
Acude aquí a la memoria otro símil habitual en la retórica política local: aquel que, elección tras elección, compara a ciertos candidatos presidenciales con los pitufos, y que, al parecer, esta vez será de aplicación universal.
En las encuestas que se vienen publicando de un tiempo a esta parte, hay desde luego punteros y coleros. Aspirantes a la jefatura del Estado que registran una intención de voto diez o veinte veces superior a la de algunos de sus contendores y se sienten por ello gigantes electorales. Pero la verdad es que esos sondeos de opinión funcionan como los salones de espejos que abundaban en los parques de diversión de antaño. Galerías tachonadas de láminas de cristal azogado que distorsionaban el reflejo de quienes se detenían frente a ellas por su disposición cóncava o convexa, y que permitían por un instante que la tía ‘taypá’ se sintiera una sílfide y el ‘petipán’ del barrio, un basquetbolista ruso. Como decíamos, sin embargo, la gratificación era pasajera, pues al salir de ese ambiente tocado de artificialidad, las cosas recobraban su dimensión real y este mundo cruel volvía a ser el mismo.
De manera análoga, los candidatos presidenciales que encabezan hoy las encuestas se marean con la ventaja que ostentan frente a los postulantes que se confunden en el rubro “otros”. De ahí, probablemente, su renuencia a forjar alianzas con “esa chusma”. Lo cierto, no obstante, es que ninguno de ellos alcanza siquiera un 10% del respaldo ciudadano y que el único gigante en esta historia es el que se oculta por el momento bajo las etiquetas de “no votaría por ninguno de ellos” o “votaría en blanco o viciado” y que, si se repite el escenario del 2021, se disgregará al final en doce distintas opciones. Todos los competidores del rally recién iniciado, por lo tanto, son pitufos. Y el ganador en una carrera en la que solo compiten ellos es y será siempre un pitufo. ¡Gárgamel, quién te ha calumniado!











