El domingo 13 de octubre, el alcalde de Pataz, Aldo Mariños, llegó a Lima luego de una larga caminata desde Tayabamba y Llacuabamba, las estratégicas ciudades mineras enclavadas en los andes liberteños. En el trayecto fue recibido por distintas personas, incluidas autoridades. En la plaza San Martín, un grupo importante se juntó para recibir a la caravana, con una concentración con olor a multitud. Junto con él, codo a codo, dirigentes ronderos, mineros informales, operadores políticos y hombres de prensa local, todo su ‘apparatchik’ desplegado.
En su discurso, Mariños no se declara ni de izquierda ni de derecha. Su discurso no es ideológico, sino sobre todo “reivindicativo”. Mariños dice que ha llegado a Lima para “reclamar” inversión pública, así como la construcción de un hospital y de la carretera que conecte a Pataz. En otras palabras, demanda Estado. Reclama un Estado eficiente. Ojo con lo anterior. Un dato: la Municipalidad de Pataz –de la que Mariños es alcalde– tiene más de S/56 millones exclusivamente para la formulación y ejecución de proyectos de inversión pública. A dos meses de terminar el año, solo ha gastado poco más del 28%. Algo pasa, ¿no? Otro dato: hay una fuerte prédica de Mariños contra la “gran minería”, pero un silencio absoluto sobre la minería informal. No quiere pelearse con el bolsón electoral del capitalismo popular minero, deducimos.
Atentos con esto. No ha sido una movilización de izquierda propiamente dicha; sin embargo, en el ‘soundtrack’ de fondo en la plaza San Martín de este hubo las clásicas canciones de la izquierda y, mientras se agitan banderas de la wiphala, Mariños dice que su paradigma es Gandhi y no Mariátegui, menos Marx.
Expectativas. Allí está el detalle. Algunos quieren ver a un nuevo Pedro Castillo, pero en fondo y forma no son lo mismo, salvo en un tema trascendental: es la ruralidad contra la urbe. Una ruralidad que, en la construcción del relato, es asumida por la izquierda como titular. Así como con la idea de “pueblo”, que la izquierda discursivamente se la ha apropiado, la dirección de una “ruralidad” anticapitalista también la hace suya.
Observen bien el panorama porque hay algo de fondo. Y eso de fondo tiene que ver con la crisis del Estado y el “agotamiento” del modelo liberal que desde el ‘albertismo’ prometió la fórmula de un Estado eficiente, subsidiario, apertura de mercados y propiedad privada. Hoy ese Estado ‘liberal’ es parte del problema, un Estado sin liderazgo ni capacidad y –en muchos casos– corrupto y aliado con la ilegalidad e informalidad. Allí, en todo caso, está la crisis de inseguridad ciudadana, institucional y política. Miren los presupuestos de Chumbivilcas, Espinar o la propia Pataz, donde hay ingentes recursos “mineros” y, sin embargo, ese Estado no ha cerrado las brechas históricas. Hay un país desorganizado y una ruralidad que espera la “promesa liberal” del Estado eficiente. Hay tiempo para revivir esa promesa.
¿Qué une a Castillo y Mariños? El primero era un comunista convencido, el segundo no. Pero ambos son la expresión de tres temas urgentes y potentes: ruralidad, economías informales (ese capitalismo popular que ordena y organiza la vida en las provincias y regiones) y Estado eficiente. Ambos, Castillo y Mariños, son ‘antiestablishment’ frente a una Lima caricaturizada por un sector de la clase media y la política, como la ciudad de “cuatro ricachones banqueros y mineros”, cuando en realidad es una ciudad mestiza, chola. Branding decía que Lima era “hija de sevillana y nieta de sultana”. Ahora sería “hija de miraflorina, nieta de huancaína”.
El “momento” Castillo aún está vigente. Es un momento antiestatal. El ‘framing’ o donde “todo se encuadra y todo fluye” es la demanda por un Estado eficiente, no por un Estado estatista, ni menos el comunismo, sino por una nueva modernidad nacional pero también popular.
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