"Haciendo un ejercicio de ucronía, ¿qué hubiera ocurrido si el libertador perecía como una víctima más de la epidemia? Afortunadamente sobrevivió". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Haciendo un ejercicio de ucronía, ¿qué hubiera ocurrido si el libertador perecía como una víctima más de la epidemia? Afortunadamente sobrevivió". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Según la “Cronología de San Martín” de C. Galván Moreno, el libertador estableció su cuartel general en Huaura el 10 de diciembre de 1820. A mediados de enero de 1821 aparecieron los primeros casos de cólera y fueron aumentando aceleradamente. Huaura, según diversos testimonios, fue el punto neurálgico de la convirtiéndose en un pavoroso hospital. José Manuel Valdés, el humilde y talentoso limeño, protomédico general de la República, publicó en 1827 un trabajo titulado “Memoria sobre las enfermedades epidémicas que se padecieron en Lima en el año 1821”. En dicho informe sostiene que fue el cólera, el terrible vibrión colérico, la causa de los infortunios desatados no solo en la capital sino en los valles próximos a ella. Algunos médicos contemporáneos opinaron, por lo contrario, que la epidemia fue de fiebre amarilla, vulgarmente llamada “vómito negro”, igualmente peligrosa y con un cuadro clínico tan penoso como el del cólera. Lo cierto es que desde 1818 se habían notado brotes epidémicos de fiebres en diversos puntos de nuestra costa, pero lo ocurrido en 1821 fue singularmente dramático y devastador.

El general tomó de inmediato las medidas destinadas a conjurar la crisis. En cartas al Gobierno de Chile pidió el envío de socorro, pues contaba con más de 1.200 enfermos “con pocas probabilidades de que se disminuya aquel número por falta de medicinas”. El ingenio y, sobre todo, la emergencia hicieron que los médicos improvisaran medicinas. Como purgante se usó agua de mar. Felizmente arribó por esos días un bergantín norteamericano, procedente de Río de Janeiro, donde pudieron comprar doscientas cincuenta libras de crémor que se utilizó también como purgante. La única medicina abundante en las filas patriotas era la quinina para combatir la fiebre.

San Martín no pudo escapar a la epidemia. En varias oportunidades sufrió aparatosas bascas de sangre que lo debilitaron en extremo. Fueron muchos los días en que permaneció recluido en su tienda de campaña. Al respecto escribía a Bernardo O’Higgins, el 3 de marzo de 1821, en carta que recoge Benjamín Vicuña Mackenna en su biografía del prócer argentino: “Mi salud está sumamente abatida. Antes de ayer me levanté después de siete días de cama. Creo con evidencia que si continúo así pronto daré en tierra”. Felizmente el libertador pudo recuperarse. El general Rudecindo Alvarado, al tratar en sus memorias la conducta de su jefe en aquellos días, dice: “Nunca San Martín mostró más genio que entonces: ora inundando a Lima y sus alrededores de guerrilleros; ora ocultando al enemigo nuestra positiva debilidad; ora emprendiendo campañas sobre la sierra con espectros en lugar de hombres; ora expedicionando sobre la costa; ora, en fin, con la negociación y la intriga que dio tiempo para superar aquella espantosa situación. Jamás en ocasión alguna lo encontraré tan grande”.

San Martín, en los momentos más álgidos de la epidemia, le vuelve a escribir a O’Higgins y le dice: “Estoy loco… Créame usted de buena fe que algunas veces me encuentro desesperado y he estado pronto de ir a atacar al enemigo y aventurar la suerte en una acción decisiva para salir cuanto antes de este infierno y descansar de una vez; pero la consideración de que de la suerte de esta campaña pende el bien de tantas generaciones, me hace sufrir”.

Médicos criollos y europeos tenían a su cargo el hospital de campaña en Huaura. Colaboraban con ellos los hermanos de San Juan de Dios y algunos religiosos bethlemitas. A primeros de junio ya se podía decir que la epidemia remitía. Los boticarios de Chile, conociendo las penurias económicas del gobierno independiente, habían escondido las medicinas. O’Higgins, actuando con energía, los obligó a entregar los fármacos que inmediatamente remitió a San Martín. El cambio de clima resultó beneficioso. Comenzaron las garúas que en las madrugadas apretaban reciamente. El frío, la humedad, la falta de comodidades mínimas para los enfermos inquietaba a San Martín. Los apestados se habían atendido hasta ese momento en galpones al descubierto. Techarlos estaba fuera de toda posibilidad. Se decidió entonces que los pacientes se refugiaran en dos haciendas de los alrededores, donde se restablecieron poco a poco.

Como dice certeramente el historiador José Pacífico Otero, la epidemia sufrida por el ejército sanmartiniano “abrió sepulcros que no había abierto la guerra”. Estos hombres, muchos de los cuales todavía acusaban las huellas físicas de la enfermedad padecida, fueron los que ingresaron a Lima para convertirse en privilegiados testigos de la inmortal proclama del 28 de julio de 1821 que declaró nuestra independencia. Haciendo un ejercicio de ucronía, ¿qué hubiera ocurrido si el libertador perecía como una víctima más de la epidemia? Afortunadamente sobrevivió. Y sobreviviendo él “la causa de la libertad no sufrió detrimento”.