Miembros del movimiento Black Lives Matter echan a un río una estatua de Edward Colston, traficante de esclavos durante el siglo XVII, en Bristol, Inglaterra, el pasado domingo 7 de junio. (Foto: Ben Birchall/PA via AP).
Miembros del movimiento Black Lives Matter echan a un río una estatua de Edward Colston, traficante de esclavos durante el siglo XVII, en Bristol, Inglaterra, el pasado domingo 7 de junio. (Foto: Ben Birchall/PA via AP).
Daniela Meneses

Periodista y abogada

La imagen se esparció rápidamente: hace algo más de una semana, en medio de las protestas del movimiento en Inglaterra, un grupo de personas . La figura representaba a , un traficante de esclavos del siglo XVII que, según cálculos, habría transportado a 80 mil personas desde África hasta América. La de Colston no ha sido la única estatua impactada por las protestas. De hecho, el cuestionamiento a monumentos del pasado no es un fenómeno nuevo ni, por supuesto, exclusivamente inglés. En nuestro continente, solo por dar un ejemplo, ha llegado a implicar a estatuas de .

¿Qué hacer con aquellos monumentos a personas o causas que ahora no creemos merecen enaltecimiento? Aquí algunos apuntes para guiar nuestras reflexiones.

1. Hay más alternativas que derribar las estatuas o dejar todo como está.

Las posibilidades –algunas ya implementadas en casos pasados y otras discutidas– incluyen colocar placas informativas que otorguen a una estatua contexto y una perspectiva crítica, moverlas a museos, organizar intervenciones artísticas o fundirlas y hacer con ellas una nueva obra de arte. Otras dos opciones que han llamado particularmente mi atención incluyen mover todas las estatuas cuestionables a parques alejados, en los que no reciban mantenimiento y en los que el tiempo haga lo suyo con ellas, y construir una estatua idéntica al lado de la original, pero permitiendo que sea intervenida por el público.

2. No es tan simple como pensar que “lo normal” es que las estatuas permanezcan inamovibles por siempre.

En en el “New York Times”, la historiadora del arte Erin L. Thompson recordaba el destino de las estatuas en la historia, donde “la destrucción es la norma y la preservación, la rara excepción”. Como ejemplo, cuenta que muy pocos monumentos griegos hechos de bronce han sobrevivido: los cambios de regímenes, las guerras o los robos muchas veces han implicado que estos fueran convertidos en dinero, balas de cañón o estatuas en honor a otra persona. “Esta es la historia del arte, de las lealtades que cambian y los pasados que cambian […]. Creo que nuestra generación piensa en el arte público como algo que siempre estará ahí. Pero este es un punto de vista muy ahistórico”.

3. Las estatuas no representan la historia.

En defensa de las estatuas, se suele decir que estas representan la historia y que tumbarlas implica un deseo de borrar el pasado. Un primer punto, sin embargo, es que lo que representan las estatuas no es sino una versión de la historia. En consecuencia, su existencia acrítica supone el riesgo de volverlas una forma más de borrar esas otras historias. En estas líneas, recomiendo en particular sobre los monumentos confederados publicado en la revista “Smithsonian” y titulado “The Cost of Confederacy”. Uno de los temas que se discute allí es cómo los monumentos confederados “contrariamente a la idea de que las objeciones actuales a los monumentos son simplemente el producto de la corrección política contemporánea, en su momento tuvieron oposición activa, muchas veces por parte de afroamericanos, en tanto instrumentos de poder blanco”.

4. Remover las estatuas también es crear la historia.

Relacionado al argumento anterior, a raíz de los recientes eventos numerosos historiadores –incluida Natalia Sobrevilla en en este Diario– han apuntado que la historia incluye las protestas, las discusiones y también los ataques a las estatuas. En ese sentido, encuentro interesante sobre el futuro de la estatua de Colston: a través de una imagen en su Instagram, ha sugerido que se vuelva a poner en su lugar, pero que a su lado se erijan también estatuas de manifestantes intentando tirarlo abajo.

5. Las estatuas tienen un impacto actual.

Finalmente, un punto clave: necesitamos discutir qué hacen esas estatuas hoy. No solo qué representaron cuando fueron erigidas, sino cómo su pasado se relaciona con las historias presentes del racismo y clasismo. Tenemos que pensar qué significa hoy convivir con monumentos acríticos de un pasado que, la verdad, está todavía demasiado presente.