EuropaEstados Unidos, China y la carrera por la inteligencia artificial
“La cuestión clave es si Donald Trump y Xi Jinping podrán aprovechar su cumbre en la Casa Blanca para sentar las bases de un diálogo permanente sobre IA entre ambos países”.

Presidente de Eurasia Group

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Apenas tres meses después de que Donald Trump regresara a la Casa Blanca en el 2025, lanzó una nueva guerra comercial contra China. No salió bien. El 2 de abril del 2025, anunció un arancel del 34% para todas las importaciones chinas. Dos días después, Beijing dejó claro que estaba dispuesto a responder con dureza: impuso un gravamen equivalente del 34% a todos los productos estadounidenses y aplicó de inmediato controles a la exportación de siete elementos de tierras raras y de imanes críticos de tierras raras, componentes esenciales de diversos bienes de consumo y equipos militares del siglo XXI.
Apenas tres meses después de que Donald Trump regresara a la Casa Blanca en el 2025, lanzó una nueva guerra comercial contra China. No salió bien. El 2 de abril del 2025, anunció un arancel del 34% para todas las importaciones chinas. Dos días después, Beijing dejó claro que estaba dispuesto a responder con dureza: impuso un gravamen equivalente del 34% a todos los productos estadounidenses y aplicó de inmediato controles a la exportación de siete elementos de tierras raras y de imanes críticos de tierras raras, componentes esenciales de diversos bienes de consumo y equipos militares del siglo XXI.
Tras una nueva y rápida ronda de represalias, Trump retrocedió y ambas partes se reunieron en Ginebra para declarar una tregua. Seis meses más tarde, ese entendimiento fue prorrogado y sigue vigente. En términos generales, Washington y Beijing reconocieron que una confrontación dañaría gravemente a ambas economías. En la relación bilateral más importante del mundo, el pragmatismo pasó a ser la nueva regla.
En los últimos meses, funcionarios de Estados Unidos y China han buscado —y encontrado— fórmulas para cooperar de manera más constructiva en comercio e inversiones. También han sostenido comunicaciones militares más frecuentes y de mayor nivel. Para mantener la relación encauzada, la Administración Trump ha postergado nuevos paquetes de defensa para Taiwán, ha dejado vencer la orden ejecutiva que imponía restricciones al comercio con Hong Kong y ha reducido las patrullas navales estadounidenses destinadas a reivindicar la libertad de navegación en el mar de China Meridional.
La gran pregunta para un mundo ya golpeado por dos grandes guerras y por una nueva oleada de conflictos comerciales impulsados por Trump es: ¿cuánto tiempo resistirán estas nuevas salvaguardas en la relación entre Estados Unidos y China?
Primero, la buena noticia. La actual distensión depende de un equilibrio de capacidades de presión entre ambas partes y, en la mayoría de los ámbitos, ese equilibrio se mantendrá al menos durante los próximos años.
Estados Unidos seguirá reduciendo su dependencia directa de las importaciones chinas, pero continuará expuesto al control de China sobre minerales críticos procesados y bienes intermedios. China, por su parte, seguirá disminuyendo sus dependencias externas y redirigiendo exportaciones hacia el Sur Global, aunque continuará vulnerable a las sanciones financieras estadounidenses y a ciertos controles sobre la exportación de tecnología.
Sin embargo, ni Estados Unidos ni China decidirán de pronto confiar el uno en el otro. Ninguno está dispuesto a bajar la guardia y persisten numerosos factores capaces de deteriorar el vínculo. Una escalada importante por las sanciones estadounidenses contra Irán, el respaldo chino a Rusia o un error de cálculo respecto de Taiwán podría elevar la presión en ambas capitales para adoptar una postura más confrontacional frente a la otra parte.
Aun así, mientras Washington y Beijing evalúen correctamente el equilibrio de poder negociador y eviten que las presiones internas los empujen a escalar las tensiones en el exterior, los choques diplomáticos, comerciales o de seguridad podrán seguir siendo contenidos en favor de la estabilidad de la relación.
Pero hay también una variable impredecible y peligrosa: la inteligencia artificial. La ausencia de una gobernanza internacional sobre su desarrollo y sus usos ya está generando riesgos dentro de Estados Unidos, dentro de China y para el resto del mundo.
Y dado que ambos países lideran, con amplia ventaja, la innovación en IA, la competencia entre ellos representa la principal amenaza para el futuro de sus relaciones constructivas.
Esto responde tanto al rápido avance de las capacidades chinas como a la velocidad con que la IA está generando riesgos para la seguridad nacional de ambos países. La decisión de China de apostar por modelos baratos y de código abierto permitirá llevar la IA a gran escala y a menor costo a consumidores y usuarios industriales de Occidente y del Sur Global. Ello creará una competencia —y una capacidad de recolección de datos— que resultará incómoda para las comunidades de inteligencia y defensa de Estados Unidos.
Los modelos chinos también plantearán algunos de los mismos riesgos cibernéticos y biotecnológicos que los modelos de frontera estadounidenses. Sin embargo, las empresas chinas no responderán a las preocupaciones ni a las exigencias del gobierno de Estados Unidos de la misma forma en que lo han hecho gigantes tecnológicos como Anthropic y OpenAI.
En los próximos meses, la administración Trump responderá con restricciones significativas al acceso chino a modelos estadounidenses y con límites al acceso de Estados Unidos a modelos chinos de pesos abiertos; es decir, modelos cuyos parámetros pueden ser descargados, modificados y reutilizados.
El presidente Trump también intentará utilizar la influencia política de Estados Unidos para ampliar la adopción global de la IA estadounidense, excluyendo a los proveedores chinos. Si Washington y Beijing no consiguen manejar este momento, cabe esperar una aceleración del desacoplamiento tecnológico avanzado entre ambos países.
La tendencia ya se aprecia en otros sectores. En julio, Estados Unidos prohibió la importación de robots humanoides fabricados en el extranjero, una medida dirigida a China, que mantiene una ventaja considerable en tecnología y precios frente a sus competidores estadounidenses. Trump también ha impuesto aranceles de hasta el 100% a los drones, con especial énfasis en los modelos fabricados en China por consideraciones de seguridad nacional.
En resumen, una carrera armamentista en inteligencia artificial entre Estados Unidos y China ya está en marcha. La cuestión clave es si los presidentes Donald Trump y Xi Jinping podrán aprovechar su cumbre en la Casa Blanca, prevista para finales de este mes, para sentar las bases de un diálogo permanente sobre IA entre ambos países.
Ese mecanismo podría ayudarles a evitar un futuro de confrontación acelerada, opaca y potencialmente de suma cero en materia de inteligencia artificial.
Si fracasan, ambas partes podrían concluir que la confrontación se ha vuelto inevitable, no solo en IA. No es difícil imaginar un recrudecimiento del conflicto comercial y un aumento de las tensiones de seguridad que derriben rápidamente las salvaguardas construidas por Washington y Beijing durante los últimos 16 meses. La carrera por la inteligencia artificial vuelve ese riesgo aún más difícil de evitar.











