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Exhibicionistas y traidoras, por Carmen McEvoy

Los casos de Julia Príncipe y Marisol Espinoza.

Carmen McEvoy Historiadora

Exhibicionistas y traidoras, por Carmen McEvoy

Exhibicionistas y traidoras, por Carmen McEvoy

La procuradora Julia Príncipe, quien defiende hace seis años los intereses del Estado Peruano, confesó sentirse muy sola en su misión. Su declaración se entiende si consideramos que representantes de ese Estado la acusan de vedetismo y de falta de sinceridad. Dos conceptos que remiten al estereotipo, por todos conocido, de la mujer exhibicionista y mentirosa.

Cabe recordar que, en una clave similar, un delincuente acusó a Príncipe de administrar un burdel. En un país donde el buen nombre de una mujer importa, especialmente cuando ella lo ha forjado a pulso con una carrera impecable, irrita este ataque.

Asimismo, fastidia la arremetida que empieza a gestarse contra Marisol Espinoza, a quien un ex ministro, acusado de asesinato y violación, compara con un mandatario que renunció por fax. Todo ello sin considerar el cargo de vicepresidenta de la República que Espinoza aún ostenta y su lealtad hacia un gobierno que nunca la respetó. Lo irónico de esta historia es que nuestro jefe de Estado no se cansa de defender, en calles y plazuelas, la honra de su esposa. Como si una política –como lo es ella– necesitara de un hombre que la proteja

El Estado Peruano no se ha caracterizado por su generosidad con quienes lo sirven y defienden con lealtad. No hay más que recordar la suerte de nuestro primer presidente, José de La Mar, traicionado por Agustín Gamarra y luego deportado a Costa Rica, donde murió de tristeza. Hay que subrayar que a partir de La Mar la historia peruana está marcada por la traición permanente. Me refiero a la aniquilación, usualmente simbólica del antiguo aliado, seguida de la soledad y el desasosiego de quienes pretenden servir a la patria, como ocurrió con La Mar y con tantos otros políticos triturados por el sistema.

Siempre recuerdo las cartas de Domingo Nieto que retratan su titánica labor política a lo largo y ancho del Perú. Sin embargo, lo más conmovedor son las misivas de sus corresponsales: aquellos cientos de burócratas abandonados a su suerte, tratando de sobrevivir en medio de revoluciones que destruían prestigios, pero también libros de cuentas, archivos y décadas de trabajo acumulado en solitario. En ese sentido, es importante recordar la frase de Julia Príncipe, quien señala que para desarrollar su trabajo en defensa del Estado debió estirar la mano como una mendiga.

Por otra parte, Verónika Mendoza declara que le teme a la desidia y a la resignación. Se puede estar de acuerdo con su ideología y su programa o no, pero el temor que expresa es válido. Porque lo que reclama un país con todas la potencialidades del nuestro es un viraje radical en la manera de hacer política. Este cambio pasa por escuchar a los gobernados, pero también por respetar e incluso premiar a los que sirven al Perú desde diferentes trincheras, arriesgando incluso sus vidas. La grandeza del Perú, su enorme riqueza material, no guarda relación con la mezquindad que gobierna nuestro día a día. 

En ese contexto, los ataques a Julia Príncipe y Marisol Espinoza –tachadas de exhibicionistas, mentirosas y traidoras– dan cuenta de un Estado prepotente que adjetiva a la mujeres que discrepan. Porque, más allá de las cifras macroeconómicas que tanto obsesionan a sus burócratas, lo que urge es una cultura del respeto y de buenas maneras, y es el Estado el que debe dar el ejemplo.

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