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El éxito de Guzmán, por Gisèle Velarde

De llegar a la presidencia, Guzmán necesitará formarse mejor, rodearse de buenos profesionales y dejarse aconsejar.

El éxito de Guzmán, por Gisèle Velarde

El éxito de Guzmán, por Gisèle Velarde

Ser un candidato fabricado –como parece ser Julio Guzmán– no garantiza el éxito; tampoco garantiza el triunfo invertir mucho dinero en la campaña. El éxito depende de la acertada conjunción entre el fabricante, el fabricado y los que compran el producto. Y eso parece ser lo que explica el crecimiento de Julio Guzmán en las encuestas. Los fabricantes han sabido ver en él a la persona idónea para llevar a cabo sus objetivos económicos y la modernización del país. Y el fabricado ha encontrado oportuna la situación para sus propias ambiciones. 

Los videos en que aparece Guzmán dan cuenta de esta acertada unión: un joven profesional dinámico, sencillo, de origen humilde que se ha superado con su esfuerzo, y cuya ambición lo hace atractivo para quienes buscan que el país siga creciendo económicamente, pero carecen de contacto directo o empatía con el pueblo. El vínculo sólido entre ambos se da a través de la visión económica compartida.

Pero el éxito se produce cuando el fabricante y el fabricado tocan acertadamente la sensibilidad del electorado. Y esto es lo que está ocurriendo. Guzmán habla cómodamente con el pobre, con el rico y con el gringo. Lo vemos bien en una fiesta humilde y en una pituca. Le quedan bien el chullo y el terno. No refleja problemas de autoestima, se siente cómodo en su piel, su equipo es variopinto, no crea distancias, es mediático y empático cuando no sonríe forzadamente. Además, es emprendedor y sin trayectoria corrupta. No sabemos si cumplirá lo que ofrece, pero tiene ideas y algunos planes de gobierno. 

En su ascenso hay un mensaje claro del electorado que no debemos desestimar. Un sector amplio de la población no quiere más gobernantes corruptos, ni quiere conflictos sociales; lo que quiere es que su esfuerzo se materialice. Quienes lo siguen quieren progreso para sí y su familia, mejoras económicas, educación, seguridad y futuro para sus hijos. Pero lo significativo es que no quieren ya recibir del Estado ni de otros paternalistamente el futuro de sus vidas; quieren que el Estado se modernice para que puedan ellos mismos, con su esfuerzo, salir adelante. Guzmán tiene razón al decir: “Los peruanos hemos comenzado a creer en nosotros mismos”. Y esto muestra que la izquierda sigue muriendo en el Perú. Muestra también que la Iglesia ha perdido terreno, pues no satisface más a quienes están cansados de que solo los acompañen en su dolor; lo que el pueblo quiere es vida y progreso. Guzmán representa el anhelo de modernización del país desde abajo. 

Sin embargo, hay que ser cautos. No sabemos realmente quién es Julio Guzmán. Conocemos muy poco de él. Es ambicioso, de trayectoria pequeña y su tesis doctoral no lo respalda como profesional. Podemos estar ante un gran oportunista. No sabemos cuál es su propia agenda. Vender al Perú como plataforma para el tratado de libre comercio con Israel, sus inconsistencias, su doble discurso religioso, su improvisación, y el descalificar a uno de sus promotores y partidarios respecto de la reforma laboral son razones para que estemos vigilantes. Debemos desconfiar de su egocentrismo y de su tendencia autoritaria. De llegar a la presidencia, Guzmán necesitará formarse mejor, rodearse de buenos profesionales y dejarse aconsejar. 

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