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Los fantasmas de Yesenia Ponce, por Santiago Roncagliolo

“Yesenia y sus amigos harían bien en creer menos en súcubos, pishtacos o demonios y más en los ciudadanos”.

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"Si encuentra un cadáver en su cama y llama a la policía, cuando los agentes lleguen a investigar, el cadáver habrá desaparecido". (Ilustración: Giovanni Tazza)

A la congresista Yesenia Ponce le ocurre un extraño fenómeno paranormal: vive rodeada de fantasmas. 

Es espeluznante. Nuestra parlamentaria ha descubierto que sus compañeros de colegio –aquellos chicos con que jugaba a las chapadas y a las escondidas, con los que bailó sus primeras canciones y descubrió la amistad– no existen en realidad. Esos viejos amigos solo son nombres en un certificado escolar. Carecen de un cuerpo que responda a ellos o siquiera de un triste registro en el Reniec para dar fe de que alguna vez estuvieron hechos de materia, que compartieron patio y exámenes con la futura madre de la patria.  

Para mayor espanto de Yesenia Ponce, sus profesores también han resultado ser espectros. Ella creía recibir, por ejemplo, clases de Lenguaje y Literatura con el insigne y verboso maestro Manuel Ojeda Campos, aquel prohombre de las letras hispanas. Pero resulta que el único Manuel Ojeda Campos oficialmente registrado es un vendedor de productos para mascotas.  

Otro de sus profesores, Jorge Rufino López, le dictó tres materias: Educación Artística, Educación Religiosa y Educación Física. De tanto ver al profesor Rufino, Yesenia Ponce habría llegado a encariñarse con él, incluso le habría contado sus sueños y sus anhelos de juventud. Pero cuando quiso volver a encontrarlo, descubrió con horror que ese hombre jamás había estado ahí. 

La congresista, pobre de ella, vive en un universo lisérgico, donde las cosas son una y luego otra. Si encuentra un cadáver en su cama y llama a la policía, cuando los agentes lleguen a investigar, el cadáver habrá desaparecido. Su pasado es una película de serie B. 

Y claro, cuando has vivido así, rodeada de ectoplasmas, te va ocurriendo como a la niña de la vieja película “Poltergeist”. Las cosas vuelan a tu alrededor, se estrellan contra las paredes, o simplemente, desaparecen en la nada. A Yesenia Ponce, sin ir más lejos, le desaparecieron dos grados de secundaria enteros. Se le esfumaron. Así como así. Lo único bueno es que se ha quitado años, claro. Ahora es 24 meses más joven que antes de destaparse el caso. 

Lo malo –porque todo tiene un lado malo– es que las cosas le van agarrando el gusto a eso de desaparecer. Cuando comprueban lo divertido que resulta desvanecerse de la vida de una, comienzan a hacerles lo mismo a todos los demás. A la Comisión de Ética Parlamentaria, por ejemplo, se le desaparecieron las pruebas del Caso Ponce, que archivó, porque no vio nada malo ni incorrecto. Muy por el contrario, la comisión se compadeció profundamente de la congresista y su tormentosa relación con el más allá.  

Por si fuera poco, después de desaparecidas las evidencias, desapareció el presidente de la comisión, Juan Carlos Gonzales, quien renunció. Y por último, a la Comisión de Ética Parlamentaria se le perdió la ética parlamentaria, sin duda por efecto de alguna siniestra maldición. 

Como todo este lío surgió de los certificados escolares de la congresista Ponce, no es de extrañar que su partido, Fuerza Popular, les tenga ojeriza a los ministros de Educación, a los que va por la vida quitando de en medio. Para ese grupo, la educación es una cosa esotérica, emparentada con los espíritus chocarreros, con hechizos y zombies y voces de ultratumba. Le resulta complicado distinguir a un profesor de un chamán. 

Yesenia y sus amigos, sin embargo, harían bien en creer menos en súcubos, pishtacos o demonios, y más en los ciudadanos. Son solo ellos, con su ordinaria carne y hueso, con sus nada paranormales votos, quienes tienen el poder de desaparecer a los políticos que mienten.

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