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La felicidad a veces tiene pulgas, por Martha Meier M.Q.

Creo que los humanos tenemos aún mucho que aprender de nuestros “hermanos menores”

La felicidad a veces tiene pulgas, por Martha Meier M.Q.

La felicidad a veces tiene pulgas, por Martha Meier M.Q.

A lo largo de la vida se conocen a muchos seres excepcionales y a otros más que despreciables. Uno no tarda mucho en percatarse de que los despreciables son –a excepción de las aves– seres de dos patas. Los mejores con los que me he topado en la vida, generalmente, han sido cuadrúpedos que ronronean o ladran y a veces tienen pulgas.

Nadie niega que sobre este planeta habitan innumerables personas buenas, ejemplares, honestas y solidarias. Gente que se va y deja hermosos recuerdos y enseñanzas entre nosotros. Pero poniendo las cosas en perspectiva, y sin exagerar, se diría que en eso de tener una vida sin sombras y de dejar solo una huella de amor y lealtad incondicionales, nos ganan de lejos nuestras mascotas. Es mucho lo que los humanos deberíamos aprender de ellas.

El lunes murió Mr. Clooney, el yorkshire de mi entrañable amiga y colega Milagros Leiva. Ese perrito nació en mi casa, lo vi abrir los ojos, dar sus primeros pasos, empujar a sus hermanos cachorros en pos de un lugar en el abrevadero de leche materna (esto es mi fiel Kina) y dar su primer ladrido, o lo que parecía serlo.

Desde chiquitín mostró ser el líder de esa camada, era juguetón y querendón, el preferido de su mamá. El más lindo y despierto de todos. Daba pena separarse de él, pero debía hacerlo. Decidí buscarle una buena “mamá” para regalárselo (no me va eso de la compraventa de mascotas, cual objetos).

Por esos días Mila pasaba por un trance doloroso y yo –convencida de que los perros son ángeles peludos–  logré que lo adoptara. Rápidamente se identificaron. Clooney miraba a su nueva mamá como si fuera una diosa y le hizo saber que la acompañaría en las buenas y en las malas. Creo que le enseñó también que la felicidad, como la vida misma, a veces tiene molestas pulgas que hay que eliminar de nuestro entorno.

A la muerte del hermoso Mr. Clooney, Milagros escribió muy sentida en su página de Facebook: “Me deja dos años de amor y compañía intensos y muy alegres. He querido demasiado a mi perrito y él me ha dado el mismo amor. Nuestro afecto ha sido recíproco hasta el final. Creo que Clooney tuvo una clara misión: enseñarme que sí podía sobrevivir al dolor, que sí podía cuidar al ser más frágil que tuve en mis manos y que sí podía seguir viviendo con fe y esperanza”.

Las mascotas son maestros y maestras. Nos enseñan a ser mejores y una muy particular forma de ser felices, de superar los obstáculos, de agradecer una simple palmada en la cabeza. Los perros son más expresivos que los gatos, pero los felinos también tienen lo suyo.

Uno de los significados de la palabra ‘mascota’ es “animal u objeto al que se le atribuyen virtudes mágicas”. Eso es un hecho.

El poeta británico Lord George Gordon Byron plasmó en el epitafio de su querido perro, Boatswain, algo de esa “magia”. Escribió que poseía “belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad y todas las virtudes del hombre sin sus debilidades”.

Creo que los humanos tenemos aún mucho que aprender de nuestros “hermanos menores”.

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