"Me pregunto si estas no son razones para pensar que hemos avanzado, aun cuando el proceso haya estado sembrado de violencia" (Ilustración: Giovanni Tazza).
"Me pregunto si estas no son razones para pensar que hemos avanzado, aun cuando el proceso haya estado sembrado de violencia" (Ilustración: Giovanni Tazza).
Alonso Cueto

Escritor

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Las que se conmemoran la próxima semana nos encuentran en un tiempo de incertidumbre. Muchos ven el futuro negro y señalan sus razones en las debacles de nuestra historia. Y creo, sin embargo, que si nos atenemos a esa misma historia, en estas Fiestas Patrias sí hay razones para celebrar. El hecho de que hayamos llegado hasta aquí como república es una. (No sabemos lo que hubiéramos sido como la monarquía constitucional que proponía San Martín, pero creo que nada bueno). Que hayamos superado colectivamente algunas de las crisis más terribles (la guerra con Chile, la guerra de Sendero, por ahora la pandemia). Que tengamos en todos los episodios más duros a héroes anónimos, enfermeras, médicos, maestros, policías, militares, gente común que hace algo por alguien cada día. Que tengamos presidentes como Sagasti, quien lidera un programa sanitario como el que vemos actualmente.

La historia antigua nos da otros ejemplos para la celebración. Que hayamos sido el centro de una de las civilizaciones más ricas de la humanidad. Que el imperio incaico, que según Luis Valcárcel buscaba el bienestar de todos sus habitantes, siga siendo admirado por su ingeniería y su organización social. Que algunas de las formas de esa organización social se reproduzcan hoy en las comunidades rurales. Que podamos lucir en nuestros museos los telares de Paracas y las piezas mochicas. Que podamos admirar las líneas de Nasca o la fortaleza de Machu Picchu. Que este arte se replique hoy en los artesanos de todo el . Que la selva nos haya dado sus grandes ríos, uno de los cuales, el Marañón, Ciro Alegría bautizó como “serpiente de oro”. Que hayamos dado al mundo a grandes escritores como César Vallejo, Mario Vargas Llosa, Blanca Varela. Que hayamos dado a grandes artistas como Tilsa Tsuchiya, Fernando de Szyszlo, Martín Chambi. Que tengamos científicos de valor como Carlos Monge o Fabiola León-Velarde. Que tengamos a deportistas como Claudio Pizarro o Inés Melchor. A músicos como Enrique Iturriaga, Celso Garrido Lecca o Susana Baca. Que nuestra historia, producto de tantas migraciones y mestizajes, haya producido gracias a ello una de las gastronomías más sofisticadas del mundo. Que tengamos unas instituciones democráticas que permitan que un hombre de origen humilde, domiciliado en una provincia, pueda acceder a la Presidencia de la República. (Lo que el nuevo presidente haga con ese legado está por verse, pero cuenta el valor de la institucionalidad que permitió este proceso). Que, a pesar del mucho camino que queda por recorrer, hoy el racismo y la discriminación sean penados por ley. Que haya un contexto social y cultural que también sancione ese racismo.

Me pregunto si estas no son razones para pensar que hemos avanzado, aun cuando el proceso haya estado sembrado de violencia. En 1921, el presidente Augusto B. Leguía celebró el primer centenario por todo lo alto. Llegaron 29 delegaciones extranjeras, incluyendo a las representaciones de varios reyes de Europa. Se iluminaron el Congreso, el Palacio de Gobierno y la torre del Parque Universitario (regalo de los alemanes). Hubo banquetes y fiestas suntuosas. El oncenio de Leguía llevaba apenas dos años de iniciado y estaba marcado por sus oropeles.

Nada de eso ocurre ahora. Pero esta nueva celebración nos encuentra con una percepción de la realidad más cercana. Estamos más al tanto de lo que ocurre en el resto del país que entonces, y eso debería servir como una guía para el futuro. Recuperar el orgullo por lo que somos y la esperanza por lo que aún podemos ser es un reto del que somos, o deberíamos ser, más conscientes.

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