"Lo que debe estar claro es que el Gobierno sí tiene un gran problema de comunicación". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Lo que debe estar claro es que el Gobierno sí tiene un gran problema de comunicación". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Eduardo  Dargent

Politólogo, PUCP

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Si la memoria no me falla, la excusa del problema de comunicación se hizo habitual en la política peruana durante el gobierno de o. Los errores del presidente, los desplantes de o demorarse en reconocer a su hija no explicaban el derrumbe de Toledo en las encuestas. Era un problema de comunicación. La solución: mejores traductores, buenos escuderos y expertos comunicadores.

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Desde entonces es común que presidentes, alcaldes, congresistas y ministros insistan en que lo suyo son problemas de comunicación, no errores, ilícitos penales, abusos del cargo o simple incapacidad administrativa. La popularidad y reconocimiento, entonces, no se pierde porque se gobierne más a la derecha de lo prometido en campaña, por las promesas incumplidas o por ese escándalo de un funcionario de confianza. No. Lo que pasa es que no se transmite bien lo que se hace. Con una mejor comunicación las cosas serían distintas.

Es obvio que para muchos se trata de una excusa. La comunicación es una herramienta de gestión, si hay mala gestión no habrá milagros comunicativos. Más fácil echarle la culpa al mensaje que reconocer que se están cometiendo errores o que hay límites enormes para poder implementar políticas. El contenido en verdad sí está, solo que no logramos mostrarlo por nuestra incapacidad comunicativa.

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Pero claro, hay también quienes se creen su propio cuento. De explicar bien, de poder mostrar todo lo hecho, la opinión pública cambiaría de parecer. Es más elegante culpar a la comunicación que al pueblo que no entiende. Los sobones, los incondicionales y los pillos son expertos en vender estas explicaciones a sus jefes.

Pues bien, todo este rollo introductorio para decirles que esta vez sí veo a un gobierno que tiene un gran problema de comunicación que ayuda a explicar su mal momento. No es que la gestión sea óptima o que no haya mucho por evaluar. Por supuesto que sí. Mi punto es más sencillo: la mala estrategia de comunicación está afectando al Gobierno directamente, enterrándolo más allá de sus problemas de gestión. Y si este problema es grave en cualquier momento, se vuelve más dramático por la pandemia y el actual rebrote.

El ejemplo más claro de esta situación fue la conferencia de prensa de hace diez días donde se anunciaron las primeras medidas frente a la segunda ola. Desmoralizadora. Desordenada. Con información diversa y sin mensajes claros. El propio Gobierno reconoció la metida de pata e improvisación. Este desorden, además, levanta de inmediato a congresistas que sea por buena voluntad, figuretismo o chantaje comienzan a golpear al Ejecutivo.

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Estamos en un momento en el que se necesitan dos cosas con urgencia en términos de comunicación. La primera, instrucciones claras, sean estas amables o duras, pero claras. Hay que saber transmitir con campañas simples lo que debemos hacer en estos momentos difíciles que vienen. Se espera esa guía y no se está dando.

Pero además es necesario contar con mensajes que apelen a la empatía, solidaridad, que ayuden a mostrar un camino de salida en tiempos muy difíciles donde han vuelto con fuerza las malas noticias y crecen las muertes. Buscaría una mejor complementariedad entre el presidente y su primera ministra en esta tarea. Pero además aprovecharía a una serie de ministros que saben transmitir su sensibilidad frente a los temas a su cargo y que pueden complementar a sus jefes.

Carezco de los conocimientos para decir más que esto: soy un consumidor de esa comunicación, no un experto en la materia. Buenos comunicadores podrán precisar mejor cómo solucionar el problema de la dispersión de mensajes, quienes son los mejores voceros y cómo construir ese mensaje de solidaridad y empatía que no llega. Lo que debe estar claro es que el Gobierno sí tiene un gran problema de comunicación. Y que se necesitan cambios urgentes para enfrentar los días trágicos que están por delante.

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