
No caben dudas de que vivimos en una sociedad que se ha ido polarizando. Nos hemos ido radicalizando; es decir, cada vez más peruanos nos ubicamos en los extremos doctrinarios, de izquierda y de derecha, independientemente de lo que signifique para cada uno de nosotros. El centro, más que espacio, es un vacío donde caen moderados e indiferentes, sofisticadas mentes del centrismo programático y meras almas desafectas. Atravesamos por una dinámica centrífuga sin precedentes, que socava la legitimidad del sistema político entero, al punto de que se hace necesario, como he sostenido en anteriores columnas, la voluntad de las élites políticas para despolarizar nuestra sociedad.
Sin embargo, las tribus políticas (‘partidos’ sería una exageración) que dominan la opinión pública peruana parecen obstinadas en continuar alargando las distancias y ahondando las grietas que nos separan. Por un lado, tenemos a la izquierda caviar que representa el progresismo global en su versión percudida, asentada en la autocatalogada “sociedad civil” y en la academia ensayística. Por otro lado, reconocemos a la derecha porcina que se unge como la respuesta conservadora (el ‘backslash’) en modo neocolonial, asentada en cofradías abogadiles y potenciadas por el poder metropolitano de Rafael López Aliaga (‘Porky’). Cada uno de estos clanes doctrinales promueve sus propias bocinas mediáticas, sus propios ‘intelectuales’ públicos, sus propias memorias históricas. Ambos grupos están convencidos de que reeditan a escala local una batalla cultural mundial, sintiéndose así protagonistas de la historia. Ambos grupos se equivocan.
Los términos de la polarización que promueven estos clanes son distintos a los existentes entre las gentes. En un país donde el crecimiento económico ininterrumpido no reduce ni la pobreza ni la informalidad, la división social continúa siendo entre ‘ganadores’ y ‘perdedores’ del modelo, entre los que invierten en fondos mutuos y los que no llegan a fin de mes. Los primeros se inclinan hacia la preservación de las políticas de mercado; los segundos, sufren cotidianamente de su malestar sin prever alternativas. Pero las élites inmersas en la ‘batalla cultural’ abordan agendas distintas. La izquierda caviar considera que la democracia está en permanente acecho y su defensa parte de la salvaguardia de las libertades individuales. No se puede “recuperar” la democracia sin tener “soberanías” sobre nuestras identidades sexuales y sobre “nuestres cuerpes” [sic]. La derecha porcina lidera una cruzada en contra de la “ideología de género” y promueve lo que denomina la defensa de la vida y de la familia tradicional, como una forma de superar las limitaciones propias de su electorado minoritario en contextos de desigualdad.
Es así como el enfrentamiento discursivo predominante se expresa en episodios contenciosos como los suscitados por el ejercicio teatral universitario “María Maricón”, la publicación de las denuncias contra el exarzobispo Juan Luis Cipriani por presunto abuso sexual, el financiamiento que recibían las ONG feministas de Usaid. Es decir, mientras la sociedad está polarizada en torno a asuntos materiales, las élites lo están en torno asuntos valóricos posmateriales. Hasta en la polarización hay un divorcio entre élites y ciudadanos.
¿A qué se debe este encapsulamiento que comparten tanto ‘caviares’ como ‘porcinos’? Por lo menos existen tres elementos en común entre estas dos tribus políticas: el origen mesocrático limeño, un apoyo tácito al modelo económico y la predilección por el debate culturalista. En términos clasistas, dichas castas se diferencian muy poco, pues su interpretación de la realidad social es desde una posición de privilegio. Si bien los caviares manifiestan públicamente algo de culpa, esta desaparece como agua (de la piscina de Villarán) entre las manos. Ambos grupos han disfrutado de las virtudes del modelo, ya sea a través de la industria de la consultoría o de negocios mercantilistas. Al final del día, también comparten el anticomunismo. A pesar de que a los ‘caviares’ se les estigmatice con la etiqueta de la hoz y el martillo, en el fondo temen a cambios estructurales que vengan con asamblea constituyente o protagonismo popular. Recordemos que hasta Francisco Sagasti –nuevo patrono de esta hermandad– terminó pidiendo la renuncia a Pedro Castillo. Tan rojos no son.
Guardianes de lo económico, ambos grupos buscan construir hegemonía a través de la cultura, la educación y el lenguaje, moldeando el “sentido común” de la sociedad. Así como la izquierda tradicional hablaba de desmontar “el sentido común burgués”, la nueva derecha pretende desmontar “el sentido común progresista”, presentando su propia narrativa como la voz de una mayoría silenciada. Pero al envolver el debate público en términos exclusivamente culturales sin conexión a tierra, estas élites se enajenan de su potencial electorado. ¿En serio creen que la arremetida de Donald Trump contra Usaid le mueve un pelo al bodeguero de la esquina? ¿De verdad al elector promedio le urge más una legislación anti-ONG que una contra el crimen organizado? Hoy en día el alcalde de Lima está tan emocionado por Marco Rubio como en su momento la izquierda caviar lo estaba por el proceso constituyente chileno.
A pesar de la obviedad del sinsentido, estas élites políticas insisten en el enfrentamiento. Las tácticas son las mismas, pues se trata de estigmatizar al otro como corrupto o antidemocrático. Por un lado, se acusa a la “coalición autoritaria”; del otro, se responde con el apelativo de “mafia caviar”. De ambos lados, desborda el ‘hate’, pero no se trata de revanchas reivindicativas populares, sino de odios frívolos, narcisistas, del “quítate tú para ponerme yo”.
Tengo la impresión de que la disincronía entre la polarización de las élites con la polarización de la sociedad va a generar, tarde o temprano, un caso paradójico de contrapolarización. Es decir, que la gente se canse de los radicalismos, se hastíe de tanto odio improductivo. Pero no me refiero a una reacción de paulatina moderación a nivel individual (de ello va la despolarización), sino de un abandono más profundo de la política, como resultado de una polarización sin sentido para los ciudadanos. ¿Qué pasa cuando la polarización deja de ser rentable para las élites porque ya no genera ni adhesión ni rechazo, sino solo desinterés? Eso sería una verdadera crisis.

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