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Fujilandia, por Alfredo Bullard

“El poder puede cambiar algunas cosas. Pero no puede cambiar la verdad”.

Fuerza Popular

(Ilustración: Giovanni Tazza)

"La razón es ser conscientes de que podemos esperar muy poco de nuestra razón si es que no nos abrimos a debatir y tolerar la razón de los demás". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Antes de morir, el emperador llamó a la princesa a su habitación. Quería darle a su hija los consejos necesarios para ser una buena emperatriz.

“El poder es la única verdad. Si no entiendes eso, nunca podrás gobernar”. La joven princesa no entendió muy bien.

Al morir su padre se dio pronto cuenta de que decidir era fácil. Decía algo y se convertía en orden. Y la orden se cumplía. ¡Quizás eso le había querido decir su padre! Basta ejercer el poder para que ese ejercicio se convierta en verdad.

Al principio comenzó con decisiones aparentemente simples. Ordenó que se construyera un puente sobre el río. A las pocas semanas los habitantes del imperio lo cruzaban sin problema. Ordenó levantar un monumento a su padre. En un mes una imponente estatua se levantaba sobre la plaza principal. Entonces ordenó que cuando ella saliera a pasear los domingos por la ciudad no hubiera ciudadanos en las calles. Los soldados se encargaron de mantener a todos en sus casas.

Las palabras de su padre fueron tomando sentido. Los puentes, los monumentos y las calles vacías se convirtieron en verdad con solo ordenarlo. “El poder es la única verdad” pensó. Veía también que sin poder las cosas no se convertían en realidad. Si la gente reclamaba libertad de protestar contra el gobierno, la libertad no aparecía y, por el contrario, ella podía privar a las personas de libertad. ¡Cuánta razón había en las sabias palabras de su padre!

Decidió entonces declarar que las personas no tenían derechos. Y la milicia se encargó de que los derechos desaparecieran. Pero algunos jueces contradijeron sus órdenes. Entonces ordenó que los jueces fueran destituidos y reemplazados por magistrados fieles al imperio. Y, al menos en apariencia, los derechos desaparecieron.

Pero para que el poder se convirtiera en verdad requería más recursos. Ya no había dinero para hacer más monumentos a su padre ni para pagar a suficientes soldados para que sus órdenes se convirtieran en verdad. Y ordenó que los impuestos subieran. Pero la gente ya no tenía dinero para pagarlos. Entonces ordenó que todos eran ricos para pagar los impuestos, y quien lo negara iría preso.
Y declaró que si el imperio robaba a los ciudadanos no era delito. Y que el delito era, por el contrario, oponerse al robo. Pero las arcas del imperio seguían vaciándose.

Y un día, en un acto público, frente al pueblo en la plaza principal, se cayó y todos se rieron. Entonces ordenó que la gravedad ya no era una ley y que nadie ni nada debía caerse. Pero las personas y las cosas se siguieron cayendo.

El pueblo cansado se rebeló. La emperatriz ordenó que las rebeliones no existían. Pero nada pasó. La rebelión creció y creció incontenible. El pueblo tomó palacio y la capturó. Fue juzgada y condenada a muerte. Al leerse la sentencia levantó la voz, dijo: “¡Soy inocente!”. Acto seguido, ordenó que era inmortal. Cuando el verdugo ejecutó la sentencia, la orden de la emperatriz no funcionó. En su último instante de vida la emperatriz se preguntó qué había fallado con la sabiduría de su padre.

El poder puede cambiar algunas cosas. Pero no puede cambiar la verdad. La arbitrariedad no se vuelve verdad solo porque se ejerza el poder. Hay principios y valores que son lo que son al margen del poder que se use para cambiarlos. Los derechos, como la muerte, no desaparecen por que se ordene que desaparezcan. Solo la razón, y no el poder, nos ayuda descubrir la verdad.

Karl Popper decía que la verdadera razón es la de Sócrates y su “Yo solo sé que nada sé”. Es la capacidad para descubrir cuáles son nuestras verdaderas limitaciones. Es la modestia de aquellos que son conscientes de que pueden estar equivocados y de cuánto dependemos de los demás para conocer la verdad. La razón es ser conscientes de que podemos esperar muy poco de nuestra razón si es que no nos abrimos a debatir y tolerar la razón de los demás.

Pero luego de ver y escuchar a los Becerriles o a las Alcortas en la discusión sobre la cuestión de confianza del Gabinete Zavala, ¿diría que tienen algún tipo de razón? Siguen creyendo que “El poder es la única verdad”.

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