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El fujimorismo en la encrucijada, por Alfredo Torres

“La única estrategia razonable para el fujimorismo es aceptar que debe convivir con un gobernante por el cual no ha votado”.

Alfredo Torres Analista político

El fujimorismo en la encrucijada, por Alfredo Torres

El fujimorismo en la encrucijada, por Alfredo Torres

Esta semana hemos sido testigos de un caso típico de lo que se conoce como “victoria pírrica”, es decir una victoria ganada con tanto costo que no compensa el beneficio obtenido.  Con la censura a Jaime Saavedra, Fuerza Popular no solo ha expulsado del Gabinete a un profesional muy respetado que estaba haciendo un gran trabajo por la educación peruana –como lo recordó el último número de “The Economist”– sino que ha tirado por la borda lo que quedaba del “discurso de Harvard”, en el que Keiko Fujimori trató de alejarse de la imagen autoritaria, que la marcó desde su origen. 

Fuerza Popular debería recordar que las acciones políticas tienen un efecto retardado en la opinión pública. Así como la denuncia periodística contra Joaquín Ramírez, su entonces secretario general, no causó un daño inmediato sobre la campaña de Keiko Fujimori, sino que se tradujo en pérdida de respaldo electoral semanas después, lo mismo puede ocurrir con Saavedra. El apoyo inicial que obtuvo en un sector de la población la acusación al ex ministro se irá diluyendo con el tiempo y lo que quedará será una imagen de prepotencia. En tanto, Saavedra podría, si lo quisiera, construir una carrera política como víctima de un abuso.

En el camino, Keiko Fujimori puede haber debilitado su liderazgo. La censura a Saavedra no solo era mal vista por la vieja élite del fujimorismo –algunos de los ex ministros más destacados de su padre– sino que también era resistida silenciosamente por parte de su bancada y por el propio Kenji Fujimori, que ha señalado que “lamenta que se haya tenido que llegar a estos niveles de confrontación política… la confrontación no le hace bien al país, lo único que hace es generar más incertidumbre y por supuesto no ayuda a levantar nuestra economía”.

¿Cuál era el objetivo político que perseguían Keiko y sus allegados al tumbarse a Saavedra? ¿Castigar a Pedro Pablo Kuczynski por haber cedido mucho espacio a los antifujimoristas? ¿Debilitar al presidente con miras a tumbarse al gobierno completo más adelante? ¿O simplemente fue un alarde de poder azuzado por intereses y sentimientos subalternos?

Si fuese lo primero, el mensaje implícito sería que Fuerza Popular quiere tener mayor participación en el gobierno, que desean un Gabinete conversado, como han sugerido diversos líderes empresariales y algunos analistas con mucho pragmatismo. La lógica es que lo mejor para el desarrollo nacional sería un acuerdo entre los dos partidos que controlan el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo. 

Si fuese lo segundo, en cambio, como sostienen los antifujimoristas más furibundos, el objetivo encubierto sería promover un choque de poderes que lleve a aprobar la vacancia presidencial y elecciones anticipadas, que le permitirían a Keiko Fujimori aspirar a tomar el poder no en el 2021 sino antes. 

La verdad es que las dos estrategias contrapuestas son altamente riesgosas y, por lo tanto, improbables. La estrategia colaboracionista lleva inevitablemente a compartir el desgaste y a alejar la posibilidad de llegar al gobierno al concluir este. A su vez, la estrategia rupturista tropieza con que no bastaría con vacar a PPK, sino que también tendrían que hacerlo, sucesivamente, con los vicepresidentes Martín Vizcarra y Mercedes Aráoz, que asumirían la presidencia uno después del otro, en una interminable agonía cuyo responsable sería Fuerza Popular. Una actitud así solo incrementaría el antifujimorismo, alejándolo una vez más del poder.

La única estrategia razonable para el fujimorismo es aceptar que tiene que convivir con un gobernante por el cual no ha votado pero que tampoco es su enemigo. Y, sobre todo, un gobernante que carece de bases partidarias significativas y de ambiciones políticas para el futuro. Por lo tanto, lo que más le conviene es apoyarlo discretamente para que haga su trabajo de la mejor manera posible, desde una oposición moderada.  

Si el país observa en el futuro una actitud responsable de Fuerza Popular y no el deplorable desempeño que tuvo en la interpelación, Keiko podría ir recuperando paulatinamente la imagen democrática que le permitió levantar un movimiento que terminó devastado el 2001 hasta llegar a su actual situación de mayoría parlamentaria. Si, por el contrario, su estado de ánimo o malos consejeros la llevan a extremar su oposición al gobierno, quienes se beneficiarán políticamente de este enfrentamiento en el mediano plazo serán terceros: la izquierda o un nuevo ‘outsider’.

El espacio natural de Keiko es la oposición moderada. De radicalizarse, cualquier cosa puede pasar. Por ejemplo, podría abrir el juego, paradójicamente, a un eventual indulto presidencial a Alberto Fujimori en busca de una relación más apacible en reciprocidad. Con Alberto en libertad, el liderazgo partidario podría pasar a Kenji.

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