"¿Te gustaría…?", por Jennifer Llanos
"¿Te gustaría…?", por Jennifer Llanos

Ante la inevitable pregunta “¿prefieres varoncito o mujercita?”, la mayoría de padres zanja con un cumplidor –y no necesariamente honesto– “lo que sea con tal de que esté sanito”. Sin embargo, a la luz de la ola de homofobia desatada tras la salida del clóset del congresista Carlos Bruce podemos afirmar que ese “sanito” es sinónimo, entre otras cosas, de “heterosexual”. 

Efectivamente, una de las preguntas que más ha circulado en estos días como argumento último contra las reivindicaciones de la comunidad gay es: ¿te gustaría que tu hijo fuera homosexual?
 
Quienes la formulan asumen que la respuesta es un no tajante, sin matices, a rajatabla. Y en parte tienen razón. 
 
No, a mí no me gustaría que mi hija fuera gay en el Perú. Pero no porque tenga algo de malo o de incorrecto ser gay, sino porque habiendo crecido en el Perú, he sido testigo de las múltiples formas de crueldad que pueden sufrir esas personas en nuestro país, empezando por los círculos más íntimos.
 
En toda familia, por ejemplo, hay alguien “sospechoso” de homosexualidad, un pariente al que todos ven pero nadie mira por el pavor de darse de bruces contra su verdad. A este familiar le toca el penoso deber de asistir a todas las bodas, arrullar a los recién nacidos y dar la bienvenida a las parejas de los primos, sobrinos y ahijados a sabiendas de que a él solo le corresponde la irreversible soledad del clandestino. Y la impostura perpetua: fingir que no capta las indirectas sobre su vida amorosa, pretender que le dan risa los chistes de mal gusto sobre “cabros” e incluso mostrarse asqueado frente a otro “sospechoso”. 
 
No pues, no me gustaría que, de ser lesbiana, y de vivir en el Perú, mi hija estuviera obligada a “tener correa” ante las bromas desubicadas porque aquí el que se pica pierde, pe. 
 
No me gustaría que mi hija fuera lesbiana. Pero tampoco me gustaría que fuera heterosexual. En realidad, lo que me gustaría es que mi hija fuera, a los ojos de la sociedad en la que le toque desenvolverse, alguien cuyo valor no dependa de su género ni de su identidad sexual.
 
Así que en eso les doy la razón, señores homofóbicos. No me gustaría que mi hija fuera gay en el Perú. Pero no por culpa de ella. Ni de los gays. Sino de ustedes.