El fin de las hegemonías, por Ignazio De Ferrari
El fin de las hegemonías, por Ignazio De Ferrari

En las últimas tres décadas y media, América Latina ha alternado entre dos grandes modelos políticos con aspiraciones hegemónicas: el neoliberalismo y la izquierda en sus versiones del siglo XXI. Ambos proyectos surgieron de las crisis del período inmediatamente anterior. La era neoliberal surgió como respuesta al agotamiento del modelo Estado-céntrico, mientras que la izquierda volvió con fuerza gracias a la crisis del neoliberalismo. 

Sin embargo, tras el final del ciclo de la izquierda, no parece que vaya a surgir un nuevo proyecto hegemónico en el mediano plazo. El colapso de los dos grandes modelos de la izquierda –el populista liderado por el chavismo y el moderado encabezado por el lulismo brasileño– ha significado un duro golpe para cualquier proyecto hegemónico en la región. Lo que queda de los dos lados de la izquierda –Bolivia y Ecuador por un lado, Chile y Uruguay por el otro– podrá sobrevivir un tiempo más, pero difícilmente con la fuerza necesaria para convertirse en paradigma. 

Del lado de la derecha, el panorama es similar. En Brasil, la derecha ha vuelto al gobierno con Michel Temer, pero no por sus propios méritos, sino por el hundimiento del Partido de los Trabajadores. En Argentina y  el Perú, los triunfos recientes de una derecha más o menos liberal no parecen contener las bases de un modelo a imitar. Sus presidentes aún no se consolidan y enfrentan panoramas políticos inciertos. 

A los derechistas económicamente más ortodoxos les juega en contra el hecho de que, si bien la crisis económica es profunda en países como Argentina, Brasil y Venezuela, no es lo suficientemente profunda en todo el continente como para relanzar la causa neoliberal. Existe además la idea de que un modelo posneoliberal que combine disciplina fiscal con una preocupación por la inversión social puede ser exitoso. En el fondo, ese es el Uruguay del Frente Amplio y de la primera fase de la Concertación chilena. El problema es que no es un modelo fácil de replicar: a las élites de varios países –incluido el Perú– aún les suena a mucha izquierda, mientras que para los electorados populares más impacientes no es suficiente.  

El problema con el fin de las hegemonías es que, al final del día, tampoco existe un consenso en torno al modelo que realmente necesitamos, que es una verdadera democracia liberal. En otras palabras, requerimos niveles mínimos de equidad económica y una real igualdad ante la ley. Si bien la democracia liberal está a la defensiva en varias latitudes, en nuestra región nunca logró consolidarse ni conquistar el corazón de sus ciudadanos. Según el Latinobarómetro 2016, en los últimos 21 años el porcentaje de encuestados que cree que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno ha caído cuatro puntos –de 58% a 54%–. 

Frente al descontento con la democracia, salvo contadas excepciones, los políticos latinoamericanos buscan atajos en vez de atacar los problemas de fondo. La demagogia es uno de esos atajos, pero no el único. Para que la democracia liberal sea exitosa y pueda ganar elecciones eventualmente, tiene que poder funcionar. Eso significa hacer reformas institucionales en las que es necesario invertir grandes sumas de capital político. No hay democracia que funcione bien sin una justicia independiente, un Estado medianamente eficiente y sistemas educativos que formen ciudadanos comprometidos con la república. Nuestros políticos no terminan de entenderlo.

Una democracia de descontentos es terreno fértil para gritos como el "que se vayan todos” que se empieza a sentir en el Brasil de la coima generalizada y de exportación. Mientras menos crean en la democracia, menos serán los que la defiendan frente a escándalos de corrupción y, en definitiva, frente a nuevos asaltos populistas. El fin de las hegemonías no significa que estemos curados de los oportunistas. Porque cuando “se van todos”, los que suelen quedarse a apagar la luz son los populistas.