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Homenaje a un maestro del derecho, por Francisco Miró Quesada Rada

“Augusto Ferrero era un excelente profesor, con dominio total del tema, gran capacidad discursiva y rigor”.

Francisco Miró Quesada Rada Ex director de El Comercio

Aguilar

“Ferrero impuso su criterio e incluso estuvo dispuesto a renunciar a su cargo”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)

Cuando lo conocí, yo tenía aproximadamente 15 años y él era un joven nadador que integraba la selección nacional y estudiaba el primer año de Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue en la casa de su padre, el distinguido constitucionalista Raúl Ferrero Rebagliati, quien era íntimo amigo del mío. Al año siguiente, después de batir 30 récords nacionales de natación y de competir en la Olimpiada de Tokio, se dio solo la vuelta al mundo en seis meses y se mudó a estudiar a la Universidad Mayor de San Marcos (UNMSM).

Luego, en los años 70, me enteré de que había ingresado por concurso público a la cátedra en la Facultad de Derecho y Ciencia Política de la UNMSM.

Augusto “me agarró” en quinto año de Derecho, cuando dictaba el curso de Sucesiones. Otro de mi generación que también me enseñó fue José León Barandiarán Hart, hijo del maestro José León Barandiarán, quien dictaba el curso de Derecho Internacional Privado. Lamentablemente murió joven. Menciono este hecho porque ambos fueron decanos de la Facultad de Derecho cuando enseñaron en la Universidad de Lima.

Al verlo entrar en la primera clase caminando de manera tranquila y sin ninguna pose de profesor pedante –que ya había visto en otros durante mi etapa de estudiante– me di cuenta de su calidad personal. Augusto Ferrero iniciaba sus clases colocando un par de libros sobre la mesa, como guías para su exposición. Nuestra aula se encontró con un excelente profesor, con dominio total del tema, gran capacidad discursiva y rigor, en el marco de una fluida explicación.

Su curso era difícil. Sobre todo sus exámenes. Porque, más allá de que los estudiantes debíamos tener una sólida formación teórica en Sucesiones, nos pedía que hiciéramos también la distribución de, por ejemplo, la masa hereditaria. Y eso ya no era norma, aunque sí un mandato normativo, con aplicación matemática.

Fue en San Marcos, durante el tiempo en el que me enseñó, cuando se profundizó nuestra amistad.

Siendo decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Lima, se presentó un hecho que me permitió ver su coraje al defender sus principios así como reconocer la calidad de los antiguos maestros que dieron categoría y prestigio académico a la universidad que fundó Antonio Pinilla Sánchez Concha. Me refiero, por supuesto, a Gabriela Porto de Power, Harold Griffiths Escardó, Alejandro Miró Quesada Garland y Francisco Miró Quesada Cantuarias, quienes, sin ninguna consideración y reconocimiento por su aporte a la universidad y a la cultura peruana, fueron intempestivamente cesados de sus puestos al cumplir los 70 años. Más allá de lo que dicen los estatutos de la universidad, muchos consideraron que el cese, sin ningún reconocimiento, fue un maltrato.

Es allí donde Ferrero se enfrentó a la autoridad del momento y a otros que habían tomado esa decisión fría y absolutamente burocrática, pero que, para algunos, tenía un trasfondo político universitario.

Ferrero impuso su criterio e incluso estuvo dispuesto a renunciar a su cargo. Fue gracias a él que estos destacados docentes se retiraron en una ceremonia digna de sus merecimientos. En el acto, Ferrero pronunció un excelente discurso incidiendo en los valores y en las cualidades de los homenajeados.

Augusto Ferrero, profesor emérito de la UNMSM, ex embajador del Perú en Italia y actual magistrado del Tribunal Constitucional, ha recibido –con justicia– el premio trianual de la Fundación Manuel J. Bustamante de la Fuente, en mérito a la novena edición de su “Tratado de derecho de sucesiones” y a la cuarta edición de su libro “Derecho procesal civil - Excepciones”.

Sus obras contienen importantes prólogos de distinguidos juristas nacionales y extranjeros. Un justo reconocimiento a esta personalidad de amplia cultura, como lo demuestran sus estudios sobre música (es un gran melómano), y sobre Napoleón y el Perú que, comentarios aparte, son de la más alta calidad.

Pero lo más destacable de Augusto Ferrero es que a lo largo de su vida ha cultivado dos valores, a veces de escasa práctica en las relaciones humanas: la amistad y la lealtad.

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