Fotos: Anthony Niño de Guzman \ GEC
Fotos: Anthony Niño de Guzman \ GEC
Fernando Rospigliosi

Analista político

Aunque el presidente Martín Vizcarra anunció el miércoles que el país había llegado a la meseta y que a partir de allí los casos de infectados por el coronavirus empezarían a descender, todo indica que eso no es cierto. Precisamente ese día el diario español “El País” publicó que en el Perú el número de casos diarios confirmados era el mayor de toda la larga cuarentena.

En verdad, a estas alturas hay que ser muy ingenuo o tener intereses vinculados al Gobierno para creer en sus cifras. El portal Ojo Público descubrió que de acuerdo a datos del Hospital Regional de Loreto los fallecidos en esa región eran 801, mientras el Minsa reporta 92. ¡Nueve veces más que la cifra oficial! (14/5/20). Eso ya no es una subestimación, que puede ocurrir en todas partes, sino una descarada falsificación de los datos.

El “New York Times” (NYT) constató que solo en abril se produjeron en Lima más de 3.000 muertes adicionales al promedio histórico, con lo que “casi iguala la tasa de mortalidad de París en su peor mes bajo la pandemia” (13/5/20). La cifra oficial del Gobierno para todo el país durante toda la pandemia era de unos 2.100 muertos en ese momento.

Otro ejemplo de las fantasías que difunde el Gobierno es el del número disponible de camas UCI, que hace tiempo se saturaron. El Comercio reveló que en el hospital Dos de Mayo había 40 camas con ventiladores –que eran contabilizadas como disponibles– que no funcionaban (13/5/20).

Ahora, casi dos meses después de iniciada la cuarentena, han descubierto que los mercados son focos infecciosos. Notable. El asunto es que ese problema no tiene solución. Por supuesto, se puede mitigar con medidas adecuadas, pero cualquiera que conozca los mercados mayoristas y minoristas del Perú puede darse cuenta de que no hay manera de evitar los contagios allí. Y tampoco se les puede cerrar indefinidamente. Igual sucede con el transporte público, con micros, combis y buses.

Todo tiene su final, como dice la canción. La cuarentena oficial tiene que terminar en algún momento –en la práctica ya concluyó en muchos lugares– y entonces sucederá un aumento de los contagios. Ha ocurrido en países mucho mejor equipados, como Corea del Sur, Singapur o Chile, y por supuesto, pasará en el Perú.

Los historiadores señalan que la mal llamada gripe española se desvaneció después de arrasar el mundo, evolucionando hacia una variante de la gripe más benigna que llega cada año. “Quizás fue como un fuego que, tras quemar la leña disponible y de fácil acceso, se consume”, dice un experto (NYT, 13/5/20).

Hace un siglo, en 1918, la población del mundo era de unos 1.800 millones de personas y la gripe española mató a unos 50 millones, es decir, al 2,8% de los humanos (según otros estimados, los fallecidos fueron 100 millones, el 5,6%). Hoy día la población bordea los 8.000 millones y el coronavirus ha matado hasta el momento a unas 300.000 personas, el 0,0038% aproximadamente. Si la cifra se multiplicara por diez durante los próximos doce meses, lapso en el que se podría descubrir una vacuna o un remedio, sería el 0,038% de la población mundial.

Por supuesto, cada persona fallecida es un drama para sus parientes y amigos. Pero esa es la dimensión del problema. El pánico, sin embargo, ha provocado cuarentenas sin fin en todo el mundo que están engendrando una crisis económica global similar a la producida por el crac de 1929. Y esa crisis económica se va a manifestar con consecuencias aterradoras sobre todo en los países como el Perú, donde millones de personas se hundirán en la pobreza y millones más serán arrojados a la miseria absoluta. El resultado será, sin ninguna duda, que muchos morirán a consecuencia del hambre, el debilitamiento y las enfermedades. Y se producirá un desborde social de consecuencias incalculables. Los costos de la cuarentena son mayores que sus beneficios.

Entonces, ¿por qué el Gobierno insiste en una estrategia que conduce a la catástrofe? Por su propio interés político. Si flexibilizan la cuarentena y la terminan más o menos rápidamente, el número de infectados y fallecidos va a aumentar, y esos resultados se los van a cargar directamente a la cuenta del Gobierno. Pero los muertos por el hambre y las enfermedades que vendrán después tardarán en llegar y serán prácticamente invisibles, pues las causas de los decesos serán múltiples y nadie podrá llevar una contabilidad clara de sus consecuencias.

Y el desborde social será achacado al pueblo violento y de bajos instintos que no se conforma con su suerte.