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Autocontención, informalidad y corrupción, por Carlos Basombrío

“¿Cuántas personas en el Perú están dispuestas a llegar hasta el crimen violento para obtener ‘su parte’? Creo que son ya cientos de miles”.

Carlos Basombrío Iglesias Ex ministro del Interior

seguridad

(Ilustración: Giovanni Tazza)

"La informalidad no es otra cosa que el fracaso colectivo de construir una nación en la que el Estado pueda hacer cumplir normas". (Ilustración: Giovanni Tazza)

¿Por qué tenemos esta ola de violencia criminal en nuestro país?
Como todo fenómeno complejo tiene muchas explicaciones. Para empezar, un mal funcionamiento del sistema penal en su conjunto. En el último año y medio tratamos de revertir algo esa deficiencia a nivel de la policía. No me toca a mí evaluar si se avanzó. Escapaban a nuestra intervención fiscales, jueces y cárceles.

Pero se me hace más claro, cada vez, que allí no se agotan las explicaciones. Que hay factores que entrelazan lo económico, lo social, lo cultural y lo político que son indispensables para entender el porqué de esta explosión de delincuencia.

Con todo lo esquemático de un artículo, al primer factor lo describiría como el creciente fracaso de la autocontención. Me refiero a los valores culturalmente construidos que nos alejan de nuestra naturaleza animal. Aquello que nos inhibe de forzar o violar a una mujer que se nos resiste. Que hace que una persona no mate a otra para obtener un beneficio de cualquier naturaleza o el apropiarnos por la fuerza o el engaño de lo que otros han conseguido para sí.

Cuando lo logramos es por un proceso de construcción cultural que ha durado milenios, con avances y retrocesos, a lo que llamamos humanidad; es decir, el separarnos de nuestros instintos primarios en beneficio de la convivencia civilizada. Pero esto se debilita cuando esos factores de autocontención, llámese la familia, la escuela, la ley, la religión, la política, el sentido de comunidad, por mencionar algunas, entran por diferentes razones en crisis o se vacían de contenido.

Cuando ello ocurre es mucho más extendida la ley del más fuerte, el sálvese quien pueda. Una combi de El Chosicano arriesgando la vida de sus pasajeros por ganar a la competencia es tan sintomática de esta situación, así como un BMW del año usando el carril auxiliar de la autopista, porque el tráfico está muy denso al regreso de la playa.
“Primero yo y como sea, los demás que se las arreglen si pueden”. Entre eso y el delito violento hay distancia, pero no tanta como creemos.

¿Qué pasa cuando lo anterior ocurre en una sociedad y en una economía básicamente informales? La informalidad no es otra cosa que el fracaso colectivo de construir una nación en la que el Estado pueda hacer cumplir normas que, aun cuando nos compliquen en lo personal, las aceptamos porque sabemos que se van a aplicar para todos, sin distingos. Es lo opuesto a “la ley se acata pero no se cumple” y el “para mis amigos todo, para mis enemigos la ley”, que han sido y son parte consustancial de la forma de ver la vida por estos lares.

Antes de agitar la coctelera y ver el resultado de estos dos factores juntos, agreguémosle uno tercero: la corrupción desbocada. Nunca pensé que se había extendido tanto en el Estado. Es un cáncer que ha hecho metástasis y que condiciona la relación de los usuarios y de los proveedores. Es el “sistema”. El “cómo es la mía”, “cuánto es mi comisión”, “esto se puede arreglar”.

En la punta de la pirámide, tres de los seis últimos presidentes están judicialmente vinculados a graves casos de corrupción, y a dos más (justa o injustamente) la población los considera partícipes de esas mismas prácticas. En la medida en que la pirámide se ensancha encontramos empresarios, gobernadores, alcaldes, congresistas, jueces, fiscales, policías e, incluso, maestros. Si “todos” lo hacen, ¿por qué no yo? Si ello implica robar en un bus donde morían 52 personas; o timar a un jubilado, ilusionándolo con un devengado que “requiere” un depósito suyo previo; o exigir “favores sexuales” para un trámite o subir una nota, pues que así sea.

¿Cuántas personas en el Perú están dispuestas a llegar hasta el crimen violento para obtener “su parte”? Creo que son ya cientos de miles, pero más preciso es medirlos como una fracción creciente de los millones que quieren ganarse alguito en perjuicio de otros.

La continuidad de los problemas expuestos acrecienta así los riesgos de que, al menor retroceso en la aún precaria capacidad preventiva y punitiva del Estado, la violencia delictiva se desboque y llegue a niveles hoy impensados.

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