Por más que Donald Trump diga que Irán está “a punto de rendirse” y que él acabará la guerra “cuando lo decida”, el presidente estadounidense sabe que se ha metido en un callejón sin salida. Por supuesto, estamos hablando de un mandatario que no se guía por la razón, sino por su ego y los consejos de quienes piensan como él.
La prensa estadounidense ya ha ido revelando cómo varios generales de alto rango le advirtieron que meterse en una guerra con Irán, como la que se está librando ahora, era una mala idea. Entre ellos nada menos que el general Dan Caine, el jefe del Estado Mayor Conjunto, quien le aconsejó al presidente que esta campaña militar podría tener consecuencias serias, algo que ya se está viendo en el terreno.
El año pasado, en la llamada Guerra de los 12 días en la que Estados Unidos –de la mano de Israel– lanzó un ataque dirigido contra la planta de enriquecimiento de uranio de Fordow, las centrifugadoras de Natanz y el centro de Isfahán, Trump dijo que se había destruido el arsenal nuclear de Irán, algo que no ocurrió. Esta vez, la excusa otra vez ha sido el programa nuclear, pero en el camino el presidente estadounidense ha ido cambiando de argumento, algo que tampoco sorprende viniendo de un político que tiene la mentira como bandera.
Lo que sí no es mentira es que Estados Unidos se embarcó en algo de lo que no saldrá indemne. Ciertamente, el régimen iraní estaba golpeado. Los ataques estadounidenses e israelíes de junio pasado causaron un daño importante, las sanciones económicas han mermado su economía y su Eje de la Resistencia estaba tambaleando. Y esa debilidad fue la motivación para que Netanyahu convenciera a Trump de atacar. Por supuesto, el primer ministro israelí está más enfocado en ganar de nuevo las elecciones de este año, encarpetar sus juicios de corrupción y seguir con la agenda de crear el Gran Israel.
Pero la debilidad no significa la antesala de la derrota. La muerte del ayatola Ali Jamenei mostró lo que tantos expertos en Irán y Medio Oriente han señalado. Cortar la cabeza no significa matar a un régimen que durante casi medio siglo ha construido un complejísimo entramado en el que la Guardia Revolucionaria juega un papel crucial.
Irán no tiene la capacidad militar de Estados Unidos o Israel, pero se ha preparado durante años para esta circunstancia. Jugar al gato y al ratón, lanzar lluvias de drones baratos, minar el mar y bloquear el estratégico Estrecho de Ormuz eran jugadas que debían ser previsibles para el ejército más poderoso del mundo. Entre tanto, Rusia y China van sacando cuentas.
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