En su momento pude comprender el entusiasmo popular con un nuevo presidente que se remangaba la camisa y ofrecía el paraíso en esta esquina. Es que, después de la depresión nacional por ser gobernados por Dina Boluarte, parecía que la luz del día sucedía a una larga noche.
Lo que sí me extrañó y me decepcionó profundamente fue que sectores bien informados se dejaran embaucar. En noviembre, luego de un mes fuera del país, escribí: “Cabría recordar que quien ejerce la presidencia ostenta un rosario de razones por las que un votante bien informado habría debido descartarlo de haber sido candidato”. Añadí: “Cabe pedirle a quienes desde diferentes espacios influyen en las decisiones de terceros que mantengan una prudente distancia y ejerzan una mayor vigilancia”.
Si mi opinión es poco importante, recordemos la del fallecido congresista Carlos Anderson –uno de los cinco dedos de la mano de rescatables del Congreso–, quien, cuando Jerí fue designado, tuvo a bien recordarnos que él había sido “a lo largo de estos años en el Congreso un operador de lobbies y todos lo hemos visto”.
Más cercana aún la descripción que de Jerí hace su primer ministro: “Todo político tiene necesariamente una alta dosis de figuretismo” y una “falta de sentido del ridículo” (figureti ridículo). “En un año ha pasado de congresista, a presidente de la Comisión de Presupuesto y ahora a presidente de la República… No está preparado para tantos cambios en tan poco tiempo” (inapto). “Fue víctima de un complot político” (ingenuo). “Dice que no le pidieron nada, pero yo pienso que sí lo hicieron” (mentiroso).
Lo destrozó en una, pero sin tener la decencia de renunciar de inmediato. Tampoco la ha tenido el canciller al que primero Jerí y más todavía Álvarez –con las sandeces sobre conspiraciones del Celeste Imperio– lo dejaron, por decir lo menos, en una posición bastante incómoda. No se diga nada del de Interior, que según una de las enésimas versiones habría comido chifa con el presidente y su amigo ‘Johnny’.
El sucesor ha dejado chica a su predecesora en cuanto a versiones cambiantes, contradictorias y hasta risibles. A ello se suman los testimonios demoledores de quienes conocen de cerca su trayectoria y los ya clásicos videos incriminatorios que al parecer abundan.
¿Qué es peor para el país? ¿Qué se quede un presunto delincuente en Palacio o que nos impongan a otro impresentable como su sucesor? En esa disyuntiva no escogeríamos el mal menor, sino el menos pésimo y sin saber siquiera quién lo encarna.
Pero nuestra opinión les importa un bledo a los otorongos cuya decisión no tiene un ápice que ver con “lo mejor para el país”, sino responde a las más básicas matemáticas.
Ellos pondrán en la ecuación, de un lado, las restas que sufrirían sus candidaturas si lo dejan y, del otro, las adiciones derivadas del control solapado de ministerios con presupuestos gordos a esquilmar. Lo que aumentaría con alguien cuya única aspiración es a durar para borrar todas las huellas posibles de lo hecho –y de lo que hay por hacer–.
Lo único positivo de este escándalo es que sea cual fuere la decisión que tomen se mantendrá, y probablemente aumentará el desprecio que la gran mayoría siente por ellos.
La frase que será recordada como símbolo de lo bajo que pudo llegar este Congreso es: “Déjenlo, pues, le gusta el chifa”.
CODA: si en el Perú que se nos viene se puede seguir investigando y sancionando a los expresidentes corruptos sin distinción de ideologías, habría que ampliar el penal de Barbadillo con una celda más en el ala de los varones e inaugurar el de las damas.
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