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Anatomía de un desastre, por Juan José Garrido Koechlin

Keiko Fujimori logró pulverizar un capital político inimaginable”.

Juan José Garrido Koechlin Director periodístico de El Comercio

Elecciones 2016: Keiko Fujimori encabeza intención de voto

“Las decisiones adoptadas por la lideresa fujimorista y su núcleo de asesores fueron de mal en peor”. (Foto: Archivo).

“Una era se puede decir que se termina cuando las ilusiones se han agotado”.
Arthur Miller.

La noche del 10 de abril del 2016, fecha de la primera vuelta de las elecciones generales, Keiko Fujimori había conseguido lo más difícil: devolverle la esperanza y el entusiasmo al elector fujimorista que, como recordamos, barrió en las ánforas, a pesar de que la caída del régimen de su padre quedaba aún intacta en el recuerdo popular. En efecto, ese 39,9% de los votos obtenidos le confería a la bancada fujimorista 73 de los 130 escaños del Congreso y, con ello, no solo parecía que el fujimorismo lograba sobreponerse a sus pesadas deudas con el pasado, sino que, más importante aún, le confería la oportunidad de ser un actor protagónico en el quinquenio, incluso perdiendo –como ocurrió– la presidencia en la segunda vuelta.

Desde aquella noche, las decisiones adoptadas por la lideresa fujimorista y su núcleo de asesores fueron de mal en peor: el desacertado manejo del escándalo generado alrededor de su secretario general Joaquín Ramírez les costó la presidencia, y desde ahí los ojos de la ciudadanía se entornaron para medir mejor el comportamiento de ella y de su bancada. Cierto, el antifujimorismo jugó un papel fundamental en hacer notar cada gesto y decisión inoportuna, algo que era previsible y esperable. Pero ese ‘anti’ no habría podido avanzar como lo hizo sin la fontana de torpezas y arrebatos en la que se convirtió el fujimorismo.

Lo más fácil para Keiko Fujimori y su partido habría sido, desde aquella posición de poder, hacerse de la presidencia en el 2021. Bastaba con demostrar, entre otras, dos cosas: en primer lugar, que podían actuar con altura política, aun después de la amarga derrota. Léase, usar el poder conferido por el bien del país, fiscalizando y legislando en pos del desarrollo y de la democracia. En segundo lugar, recordar que, en efecto, eran la mejor defensa del modelo económico, sostén de un caudal importante de sus votos.

Como sabemos, el comportamiento de la lideresa y de su partido fue exactamente el opuesto. Desde la aceptación tardía de la derrota, hasta la contratación del renegado Walter Jibaja en el Congreso hace unos días –quien finalmente renunció–, pasando por propuestas populistas que afectan al fisco, el fujimorismo no perdió la oportunidad de quitarles la ilusión a la ciudadanía y a sus seguidores, lo que explica la precaria situación en la que se encuentra actualmente. Keiko Fujimori logró pulverizar un capital político inimaginable: de una popularidad que bordeaba –de manera sostenida– el 40%, a poco de bajar a un dígito hoy. La bancada, que con 73 votos lograba la mayoría simple, hoy cuenta con 60 (y un sonoro cotorreo predice la pronta pérdida de otros 15 a 30 congresistas). De ser la primera opción para las elecciones generales del 2021, hoy están, casi de manera segura, fuera de una eventual segunda vuelta.

Lo que quede del ‘electorado’ fujimorista debe preguntarse aún si es posible repetir el milagro. Si de escenarios se trata, sería el menos probable. La pregunta que debe hacerse el resto de la ciudadanía es si ello es conveniente o no. Es cierto: el fujimorismo sirvió como bloque duro frente a un movimiento anacrónico y contrarreformista en lo económico. Pienso, sin embargo, que el balance general de su comportamiento, así como su desempeño programático, lo invalida como una alternativa futura en el corto plazo.

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