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¿Quién es Keiko?, por Gisèle Velarde

Prometer solo lo que cumplirá y formarse para gobernar ayudarían a Keiko a dar cuenta de que ella realmente no es su padre.

¿Quién es Keiko?, por Gisèle Velarde

¿Quién es Keiko?, por Gisèle Velarde

La participación de Keiko Fujimori en la Universidad de Harvard ha dejado a muchos sorprendidos. Ha sido inteligente en aceptar la invitación y, sobre todo, en “haberse preparado”–según constató el politólogo estadounidense Steven Levitsky–. 

Cogió la oportunidad y la utilizó bien. Mostró que asume retos y que la improvisación no es lo suyo. Pero ¿cómo saber si ha sido sincera en sus respuestas? No lo sabemos. Solo ella lo sabe. Sin embargo, ante muchos peruanos –incluidos quienes no pensamos votar por ella– y ante sus influyentes anfitriones, su participación la ha presentado en su ‘unicidad’. Es decir, le ha permitido comunicar su propio yo, que es precisamente lo que nuestras palabras y actos unidos revelan, y hacen de la ‘acción’ la actividad política por excelencia, según la filósofa alemana Hannah Arendt

Su discurso y compostura la han favorecido, adicionando al sólido 30% que la respalda en las encuestas. El punto clave ha sido dejar en claro que ella no es su padre, aun si reconoce que carga con el pasado nefasto del fujimorismo. Esto abre algunas preguntas. 

¿Debe Keiko responsabilizarse por lo que su padre hizo? No, salvo que explícitamente ella haya participado en actos ilegales o criminales o si se ha determinado expresa complicidad. Lo que se juzga en la política son actos, no afectos. Nadie tiene que responsabilizarse por lo que otro ha hecho, aun si es la hija. Esta hija tenía 19 años cuando se volvió primera dama y mientras el gobierno de su padre gozaba de amplia aceptación popular. 

¿Tiene ella que deslindarse de su padre? Sí. Si Keiko quiere ganar las elecciones, debe mostrar que no tiene a los fujimoristas de su padre en su bancada, que ella –hoy de 40 años– ha evolucionado, ha procesado lo que vivió y, fundamentalmente, se ha separado psicológicamente de su padre. Y este es el punto central y que no podemos determinar con certeza, pero que –como bien dice Levitsky– sí podemos vigilar. 

La acción abre la posibilidad de comenzar siempre algo nuevo. De ahí que Arendt relacione la acción con la condición humana de la natalidad: actuar inicia siempre la posibilidad de un nuevo comienzo que es inherente al nacimiento. Sin embargo, la acción es frágil, irreversible e impredecible. 

Así como era impredecible que Keiko se mostrara a favor de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación y en contra de las esterilizaciones forzadas en su discurso, lo que su padre hizo resulta irreversible. Keiko hoy puede comenzar un nuevo camino y la responsabilidad, ahora sí, será suya. 

Pero ¿cómo enfrentar el pasado? Arendt propone el perdón y la promesa como remedios ante la fragilidad de la acción. Ante el irreversible pasado queda el perdón y ante la inseguridad del futuro está la promesa. 

Pedir perdón en nombre de su padre por los actos criminales que este cometió y prometer que no los repetirá, demostrar que no es parte de un sistema organizado de corrupción, prometer solo lo que va a cumplir y formarse para gobernar ayudarían a Keiko a dar cuenta de que ella realmente no es su padre. 

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