El suicidio entre los profesionales de la salud es una emergencia que se debe discutir abiertamente. A escala nacional, enfrentamos un sistema fragmentado, una cobertura insuficiente y desigualdades en el acceso a la salud. Dicha realidad impone una enorme carga emocional sobre estudiantes, médicos, enfermeros y otros trabajadores de la salud, que puede conducir al colapso y desencadenar pérdidas humanas.
Los estudiantes y trabajadores de la salud tenemos un alto riesgo de padecer ansiedad, depresión y síndrome de agotamiento profesional. Las largas jornadas, los recursos insuficientes y la exposición constante al sufrimiento humano son una realidad que mina nuestra salud mental.
Cabe mencionar también que la pandemia de COVID-19 intensificó esta crisis. Fueron los médicos los que enfrentaron la angustia de ver morir a pacientes por la falta de camas UCI y equipos básicos. Lo más alarmante es que no ha habido una mejora de dicha situación.
La mejora del sistema de salud es una meta ambiciosa que requiere un plan detallado a largo plazo. No obstante, es imperativo actuar a corto plazo para atender el problema. Los casos recientes de suicidio evidencian la necesidad de estrategias, como atención psicológica accesible, redes de apoyo emocional y la desestigmatización del tema.
Hablar de esto es un primer paso hacia el cambio. Como futuros médicos, debemos reconocer que cuidar nuestro bienestar es tan importante como cuidar el de nuestros pacientes. No estamos solos y es momento de priorizar nuestra salud mental.
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