Quienes tenemos varias décadas a nuestras espaldas siempre volvemos a la misma pregunta cada vez que llega un aniversario del 11 de setiembre: ¿qué estábamos haciendo ese día en el que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York? Cada uno tiene su propia historia. A mí me tocó estar en París y no tener idea de lo que estaba pasando. Recién había llegado a la ciudad en tren y mi preocupación era instalarme en un albergue de mochileros. No eran épocas de Airbnb ni mucho menos de presupuesto para hoteles.
Quienes tenemos varias décadas a nuestras espaldas siempre volvemos a la misma pregunta cada vez que llega un aniversario del 11 de setiembre: ¿qué estábamos haciendo ese día en el que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York? Cada uno tiene su propia historia. A mí me tocó estar en París y no tener idea de lo que estaba pasando. Recién había llegado a la ciudad en tren y mi preocupación era instalarme en un albergue de mochileros. No eran épocas de Airbnb ni mucho menos de presupuesto para hoteles.
Cuando al día siguiente empezaba mi día como turista oficial, la Torre Eiffel estaba casi vacía. La escasez de visitantes contrastaba con la multitud de policías que andaban en las calles, revisando bolsos y mochilas. La magnitud de la situación recién la tuve clara unos días después.
Por eso, al año siguiente decidí ir a Nueva York. Era el primer aniversario y muchas cosas ya habían pasado. Después del shock inicial que significó para Estados Unidos ser atacado directamente, el presidente George W. Bush emprendió su guerra global contra el terrorismo.
Llegar a lo que se conocía como Zona Cero fue impactante. El inmenso forado que dejaron las torres derribadas ya había sido limpiado, pero las grúas seguían trabajando en el retiro de los interminables escombros. El polvo, sin embargo, seguía esparciéndose, y 25 años después ya se sabe que era altamente tóxico, pese a que las autoridades de la ciudad decían que no. Para entonces, aún no había indicios de lo que se construiría en el lugar, pues los edificios colindantes que no se desplomaron tenían que ser derribados por seguridad.
Conocí a personas que me contaron cómo se salvaron de milagro, la desesperación que los embargaba al huir del caos y el estrés postraumático que significó sobrevivir a algo así. También a familiares de los peruanos fallecidos que aún tenían esperanzas de hallar algún indicio de sus cuerpos. Ellos, justamente, me permitieron entrar a la ceremonia de homenaje en la Zona Cero, en la que se nombró a cada una de las 2.977 víctimas, mientras las sirenas sonaban en los minutos exactos en que los aviones impactaron contra la Torre Norte y la Torre Sur del World Trade Center.
No hay que dudar mucho para decir que el 11 de setiembre fue el acontecimiento histórico más importante del siglo XXI, pues el mundo como lo conocíamos cambió. Las personas que murieron ese día se multiplicaron exponencialmente tras las guerras en Afganistán e Iraq, marcó la ola del fundamentalismo islámico que se esparció en Europa, Asia y África, redefinió el destino de Medio Oriente, la migración, el giro hacia la extrema derecha y el inicio del fin del poderío global de Estados Unidos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.