Brasil y México acaban de dar otra lección magistral de hipocresía política al negarse a apoyar una reunión de cancilleres de las Américas después de que el dictador Daniel Ortega anunció que en Nicaragua no habrá más elecciones.
La resolución de la Organización de los Estados Americanos (OEA) para convocar a los ministros de Relaciones Exteriores fue propuesta por Estados Unidos y logró 29 votos a favor, incluidos los de Argentina, Bolivia y Perú. Los únicos que le dieron la espalda fueron Brasil, que votó en contra alegando que hay que agotar el camino del diálogo, y México, que se abstuvo diciendo que la reunión de cancilleres era una intromisión en los asuntos internos nicaragüenses.
Por supuesto, Estados Unidos tampoco se salva de la doble moral: convocó a los cancilleres para actuar contra la dictadura de Nicaragua, pero, al mismo tiempo, alaba y respalda a la dictadura de Venezuela. Sin embargo, la hipocresía de Washington no es excusa para no hacer nada a favor de Nicaragua.
Albert Ramdin, el secretario general de la OEA, me dijo en una entrevista que “es hora de actuar” para restaurar las libertades en Nicaragua. Ramdin reconoció que los embajadores ante la OEA ya han emitido varias condenas contra Nicaragua en años recientes sin mayores resultados. Ramdin eludió hablar sobre las posturas de Brasil y México, diciendo que no comenta decisiones de países específicos, pero dejó muy claro lo que piensa.
Cuando le pregunté sobre el pretexto de que reunir a los cancilleres por las declaraciones de Ortega podría ser una injerencia en los asuntos internos del país, dijo que aquí chocan dos principios: la no intervención y la defensa de la democracia.
La reunión de cancilleres, cuya fecha aún no se anunció, no podrá suspender a Nicaragua de la OEA porque el régimen de Ortega se retiró por su cuenta en 2023. Para colmo, la Asamblea Nacional nicaragüense, controlada por el régimen, aprobó hace unos días una reforma constitucional para blindarse contra sanciones extranjeras. Sin embargo, Ramdin me dijo que los gobiernos de la región pueden hacer varias cosas por su cuenta, siguiendo una misma línea, para presionar al régimen de Ortega. Los cancilleres pueden acordar sanciones políticas o financieras, agregó. Es una buena idea.
El argumento de Brasil de que hay que agotar el camino del diálogo es absurdo: desde la brutal represión de las protestas callejeras que dejaron más de 325 muertos en 2018, se han aprobado más de 20 resoluciones y declaraciones formales de la OEA sobre Nicaragua, muchas de ellas convocando a la reconciliación nacional, sin resultados.
Y la excusa de México de que la reunión de cancilleres sería una intromisión en los asuntos internos de Nicaragua es el colmo de la hipocresía: el actual gobierno de México y su antecesor han interferido activamente en los asuntos internos de Bolivia, Perú, Ecuador y otros países en apoyo de sus amigos políticos.
Si los gobiernos de Brasil y México no se suman a un esfuerzo regional para exigir elecciones libres en Nicaragua y siguen haciendo piruetas verbales para justificar lo indefendible en Venezuela y Cuba, deberían dejar de pretender ser defensores de la democracia.
–Glosado y editado–
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