Hoy es 19 de marzo. Hace exactamente seis años, un día como hoy, el Perú registraba su primera muerte por COVID-19. Era un hombre de 78 años, hipertenso, internado en el Hospital de la Fuerza Aérea con insuficiencia respiratoria severa. Murió esa tarde, mientras el país todavía miraba la pandemia como se observa una tormenta en el horizonte: con inquietud, sí, pero con la secreta esperanza de que cambie de rumbo antes de llegar.
No cambió. Lo que vino después todavía pesa en la memoria colectiva: encierros forzados, hospitales desbordados, médicos y enfermeras trabajando hasta el límite, familias recorriendo las ciudades de madrugada en busca de oxígeno. Y funerales inexistentes porque hasta despedirse se había vuelto peligroso en un país convertido en uno de los epicentros de la pandemia.
A muchos nos tocó despedir a más de uno. Familiares, amigos, compañeros de trabajo, personas cercanas cuya ausencia todavía aparece de pronto en una conversación o en un recuerdo. Esa sensación extraña de que alguien debería seguir aquí y, sin embargo, ya no está.
Por eso, el 19 de marzo no es una fecha cualquiera. Ni debería serlo para ningún peruano. Es una puerta que se abre hacia aquel tiempo largo, larguísimo en el que caminamos sobre una cuerda floja, sin red debajo.
Aquella primera muerte fue también otra alerta sobre la fragilidad de nuestro sistema de salud. No obstante, la pandemia puso en evidencia más adelante, con brutalidad extrema, hospitales sin recursos, compras públicas erráticas, un Estado que reaccionaba siempre cuando el problema ya estaba encima. Muchos pensamos –o quisimos pensar– que una tragedia de ese tamaño obligaría a cambiar.
Seis años después, la realidad insiste en recordarnos que en el Perú la memoria suele durar menos que las promesas. Los problemas siguen ahí, apenas maquillados. Pacientes que buscan medicamentos básicos, diabéticos peregrinando por insulina que debería estar garantizada, denuncias por medicinas oncológicas importadas en malas condiciones que recién fueron observadas cuando el escándalo ya estaba encima.
Mientras, el sistema de salud vuelve a aparecer en los titulares por razones que poco tienen que ver con curar enfermos. Se multiplican las denuncias de que el Ministerio de Salud y Essalud funcionan como una agencia de empleos para militantes de Alianza para el Progreso y como territorio administrado por la familia política del candidato presidencial César Acuña.
El líder de APP ha manifestado que él no sabía nada, que no tiene mayor relación con los parientes de su nuera y que, en realidad, apenas ha conversado cinco veces con el padre de Brunella Horna. Cinco veces. Esa es la explicación. Lo cual deja flotando una pregunta incómoda: si alguien que aspira a gobernar el Perú no logra enterarse de lo que ocurre en su propio entorno familiar, ¿qué probabilidades hay de que logre enterarse de lo que ocurre en un país entero?
La pandemia dejó una lección elemental: cuando el sistema de salud falla, la tragedia no distingue entre ideologías, regiones ni apellidos. El virus no pregunta por filiación partidaria antes de entrar a una casa.
En menos de un mes elegiremos presidente y un nuevo Congreso. Vuelven las promesas: hospitales modernos, reformas profundas, presupuestos históricos. Es el repertorio habitual de cada elección, repetido con la fe de quien supone que nadie recuerda la función anterior.
Pero hoy, 19 de marzo, es difícil escuchar esos discursos sin pensar en los que no llegaron a ver este día. En los amigos que se quedaron en el camino. En las familias que todavía cargan con una ausencia que nadie puede reparar.
Entonces surge la gran interrogante, de esas que ningún mitin o político suele responder. Si mañana el Perú enfrentara otra crisis sanitaria, ¿estaríamos realmente mejor preparados que aquel marzo del 2020?
Ojalá la respuesta fuera evidente. Pero en el Perú, la memoria se agota antes que los problemas, y mientras la salud pública siga tratándose como parte de un botín y no como un servicio esencial, lo demás ya lo conocemos: miles seguirán muriendo por decisiones que siempre toma alguien y nunca paga nadie.
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