(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Francisco Miró Quesada Rada

Exdirector de El Comercio

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Decía el filósofo alemán Hegel que “en el Oriente, solo un hombre es libre. En Grecia y Roma, algunos hombres son libres. En Occidente, todos los hombres son libres”.

Otro alemán, poeta, dramaturgo, filósofo e historiador, Friedrich Schiller, tiene un pequeño opúsculo poco conocido titulado “Democracia vs. tiranía: Atenas y Esparta”.

¿Es la democracia un invento de la cultura occidental? Todos aceptamos que sí, sin haber dado antes una mirada hacia otras culturas que también contaron con prácticas e instituciones democráticas (en algunos casos, porque las crearon, y en otros, por la influencia de la cultura helénica esparcida por Alejandro Magno desde Persia hasta las fronteras de la India).

Estas democracias son poco conocidas, porque los imperios occidentales que dominaron el mundo impusieron su cultura política, universalizando el legado grecolatino. Por eso, las únicas democracias del mundo antigüo, según los occidentales, fueron Atenas, la República romana, las asambleas germánicas, los municipios y las repúblicas italianas, y los cantones suizos que se fundaron en la Edad Media. No se puede negar este aporte, pero no fueron los únicos casos.

Cuando uno lee la Biblia se entera de que, luego del período patriarcal que concluye con Moisés y ya instalados en las tierras de Canaán, los hebreos formaron el Gobierno de los jueces. El primero fue Josué, lugarteniente de Moisés, y uno de los más conocidos fue Sansón. Estos jueces eran elegidos por unos consejos. Este ejemplo basta para afirmar que la democracia no fue un invento de Occidente, lo que tampoco le resta mérito a la democracia occidental.

En su obra “Justicia”, el indio Amartya Sen, premio Nobel de Economía, cita al politólogo inglés Walter Bagehot, que define la democracia como “el gobierno por la discusión” (lo que el famoso filósofo alemán Jürgen Habermas llama “deliberación”). Ahora bien, si la democracia es el gobierno por la discusión y si, después de dicha discusión, se vota o se alcanza un consenso, entonces encontramos una serie de ejemplos de culturas no occidentales que tuvieron esta forma de gobierno.

Los iroqueses de Norteamérica, tal y como ha demostrado el antropólogo Lewis Henry Morgan, formaban unas asambleas y elegían unos consejos deliberantes para poder tomar decisiones. El Camachico andino fue la forma democrática del ayllu, con 3.000 años de historia. En estos camaycuy (“lo que debe ser consultado u ordenado”, en quechua), todos sus miembros, incluidas las mujeres, deliberaban y elegían al curaca.

Algunos historiadores ingleses sostienen que los atenienses fundaron su democracia observando cómo funcionaba la democracia de las colonias fenicias en Anatolia. Y, ya que hablamos de Anatolia (la actual Turquía), los consejos de los beys (señores) de las tribus turcas procedían democráticamente porque deliberaban y votaban.

Nuestra democracia contemporánea, más conocida como ‘representativa’ y fundada por los ingleses, también ha cambiado en los últimos 150 años. En el Perú de antes de 1957, nuestras madres y abuelas no podían votar ni postular en las elecciones generales porque existía el prejuicio de que las mujeres no tenían capacidades para participar en política. Por eso, creo que el voto de la mujer y el feminismo son una de las revoluciones más fantásticas de la historia.

En la actualidad, la democracia funciona incluso con una pandemia. Pero irá cambiando: en el futuro será más directa y participativa, aunque puede también que no sea eterna, al menos tal y como la conocemos ahora.

En consecuencia, para no morir, la democracia tendrá que reiventarse. Pero, mientras tanto, deberá saltar algunas vallas amenazantes, como las desigualdades, las dictaduras, los elitismos, los populismos, las plutocracias y las meritocracias.

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