Muchos candidatos presidenciales proponen utilizar las reservas internacionales netas para financiar gasto o inversión pública. Esto puede sonar atractivo; después de todo, si el Perú tiene US$95.000 millones en reservas, ¿por qué no usarlas?
Alfonso López Chau (Ahora Nación) propone usar la mitad de las reservas para inversiones públicas en infraestructura, innovación e industrias. Ronald Atencio (Alianza Venceremos) propone utilizar US$20.000 millones (se entiende que para gasto o inversión pública). Alex González (Partido Demócrata Verde) propone financiar prioridades como educación y salud con parte de las reservas, etc.La idea que subyace es que las reservas son dinero ocioso guardado debajo del colchón, mientras el país enfrenta grandes brechas sociales. Como dijo Anahí Durand (Juntos por el Perú) “de nada nos sirve tenerlas ahí debajo de la cama… ya tenemos la moneda muy estable y 43% de anemia en los niños”.
Pero las reservas internacionales no son dinero que nos sobra, son un seguro. Y como cualquier seguro, parece innecesario hasta que ocurre la emergencia. Decir “como la moneda está estable, usemos las reservas” es como decir:“como nunca me he enfermado, voy a cancelar mi seguro médico”.
Se trata de activos financieros líquidos invertidos en instrumentos como depósitos en bancos del exterior, bonos soberanos de alta calificación, oro monetario, etc. Y sirven para intervenir en el mercado cambiario si hay volatilidad excesiva, garantizar el pago de obligaciones externas, respaldar la estabilidad del sistema financiero, y proteger la economía frente a shocks externos. Son clave para moderar la volatilidad del tipo de cambio cuando el contexto internacional se complica.
Bolivia tenía alrededor de US$15.000 millones en reservas, pero utilizó durante años esos recursos para sostener desequilibrios fiscales, subsidios internos y un tipo de cambio prácticamente fijo. El resultado fue un desplome de su colchón externo y una creciente escasez de dólares. Lo que parecía manejable en el corto plazo terminó debilitando la estabilidad macroeconómica.
La pérdida de estabilidad macroeconómica hace que la inflación golpee más a los pobres, que se destruyan ahorros, que se pierda empleo formal y que se encarezca el crédito. Las crisis macroeconómicas suelen generar aumentos bruscos de pobreza en muy poco tiempo. Lo contrario de lo que prometen quienes impulsan la medida. Además, usar las reservas es una señal para los mercados que genera mayor percepción de riesgo país, presión sobre el tipo de cambio, inflación al alza, encarecimiento del crédito y caída de la inversión.
Las reservas no son ahorro fiscal, son el respaldo monetario del país. Permitir que se utilicen para financiar gasto público sería abrir la puerta a que la política fiscal se financie con recursos que deben servir para proteger la estabilidad monetaria.El problema del Perú no es que haya muchas reservas, sino la baja ejecución del presupuesto público, trabas regulatorias que frenan la inversión, debilidad institucional, informalidad y falta de productividad y competitividad. Ningún país se industrializó vaciando las reservas de su banco central.
Las reservas no son dinero ocioso. Producen estabilidad, inflación controlada y previsibilidad. Y esa previsibilidad es la condición necesaria para que haya inversión, empleo, crecimiento y reducción de la pobreza.
Gobernar exige entender que destruir confianza toma días, pero reconstruirla puede tomar décadas. Jugar con las reservas puede sonar audaz, pero implica jugar con el último escudo que protege la economía de todos.