"Líderes locales, especialistas y gente común, deberían leerlo para entender la conexión entre diversas disciplinas, generando políticas que requieren enfoques multidisciplinarios en la administración de la ciudad moderna". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Líderes locales, especialistas y gente común, deberían leerlo para entender la conexión entre diversas disciplinas, generando políticas que requieren enfoques multidisciplinarios en la administración de la ciudad moderna". (Ilustración: Giovanni Tazza)

La ciudad se define como un ‘organismo’; por lo tanto, tiene potencial y límites como cualquier ente vivo, y debe guardar el equilibrio entre la forma y la función, así lo dijo Lewis Mumford, gran estadounidense del siglo XX que escribió influyentes tratados de historia, tecnología, arquitectura, planificación urbana y cultura, además de producir novelas, pero que con humildad se definía a sí mismo como ‘escritor’. Destaca que a pesar de la gran producción que tuvo, nunca llegó a terminar la universidad porque enfermó de tuberculosis, se recuperó y participó en la Primera Guerra Mundial, convirtiéndose luego en un influyente intelectual.

Su autobiografía, su último libro de más de treinta a lo largo de seis décadas, fue publicada en 1982. Tres grandes ideas definen su contribución, la primera es que las ciudades llegan a un límite si no equilibran el crecimiento con la naturaleza, el segundo es que la cultura y las ciudades están estrechamente vinculadas, y el tercero, que la revolución industrial tuvo como principal eje el desarrollo del reloj para controlar el tiempo.

Revisemos la primera idea: los límites del crecimiento urbano son el tema principal de “La ciudad en la historia” (1961). La historia de las urbes comienza con la necesidad de los hombres de trasladarse y establecerse, siendo las cuevas el primer lugar habitable; a través de la caza y recolección es posible tener ubicaciones más permanentes, así se observan restos de 15.000 años de antigüedad extendiéndose desde la India hasta los Balcanes. La agricultura comienza aproximadamente hace 10.000 años produciendo un excedente, y con ella creando tiempo libre para que el hombre establezca un sistema de gobierno y planificación.

Mumford describe la desintegración de Roma como un ejemplo temprano de excesivo crecimiento y pérdida de control sobre los factores económicos y los agentes humanos, “debido a expansión descontrolada, explotación inescrupulosa, y espíritu materialista” (sic), estos problemas se hacían patentes en la incapacidad de los romanos de tener un sistema sanitario y de salud eficiente. Similares límites se alcanzan en la era medieval, donde el crecimiento acelerado de las villas no viene acompañado de sistemas de sanidad y apoyo social; por lo tanto, el arribo de las epidemias fue casi un resultado natural (Mumford destaca, sin embargo, la positiva planificación urbana del Medioevo). En la ciudad moderna la modernización y la expansión de la civilización están llegando a un nuevo límite donde las instituciones no son capaces de estar a la par del enorme poder de la economía y la tecnología –recuérdese que su libro se publica a comienzos de los años 60–, esas presiones continúan hasta el día de hoy.

La segunda idea: la forma, tamaño y propósito de las ciudades debe responder a los patrones y la herencia cultural, en “La cultura de las ciudades” (1938) describe la evolución de las urbes haciendo un análisis minucioso de la arquitectura, la antropología y la cultura de diversas civilizaciones. A partir de este libro, Mumford fue invitado a asesorar en la planificación urbana en varios países, predicando que para ser sostenibles las ciudades deben ser no muy masivas –no indica un número–, aunque critica al arquitecto Le Corbusier por proponer ciudades de tres millones de habitantes, respondiendo que son ‘tecnocráticas’ y difíciles de administrar.

La tercera idea, sobre la tecnología, establece que el crecimiento tecnológico no es infinito. En “El mito de la máquina” (1966), Mumford describe al desarrollo del reloj como principal impulsor de la revolución industrial, e indica que la máquina de vapor y la mecanización de la producción son consecuencia de la administración del tiempo. El reloj inventado por los monjes en el siglo XIV, y perfeccionado desde entonces, fue el descubrimiento esencial de la nueva era, permitiendo entender y usar el tiempo para la coordinación de la producción y de la aceleración tecnológica. El reloj permitió sincronizar las relaciones humanas imponiendo el concepto de ‘puntualidad’ en el hombre común aumentando la productividad de las fábricas y la comunicación e intercambio entre personas.

Mumford tiene una cierta visión pesimista sobre la futura sostenibilidad de las ciudades, aunque se observa optimismo en la capacidad histórica de la humanidad para crear soluciones. La influencia de sus ideas es evidente en las discusiones actuales sobre el medio ambiente, la sanidad, la tecnología y la seguridad alimentaria. Líderes locales, especialistas y gente común, deberían leerlo para entender la conexión entre diversas disciplinas, generando políticas que requieren enfoques multidisciplinarios en la administración de la ciudad moderna.

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