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La lucha imposible, por Claudia Cooper

“La legislación ha priorizado la regulación y la rigidez del mercado laboral”.

Claudia Cooper Ex ministra de Economía y Finanzas

Tazza

“La reducción de la brecha salarial entre formales e informales hace más atractiva la informalidad, lo cual va en detrimento de la formalización”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

En la última década, según la encuesta nacional de hogares, la población económicamente activa (PEA) ocupada privada y urbana ha crecido a una tasa promedio anual de 2,5% y la tasa de informalidad ha caído en 8%, bajando del 82% en el 2007 a 74% en el 2017. El mayor descenso de la informalidad se dio en el período 2007-2012 cuando la demanda interna en el Perú crecía a una tasa promedio de 8% anual. De ahí en adelante, la formalización se ha estancado. Vale la pena analizar qué tendencias se mueven en estas cifras moderadamente positivas.

En primer lugar, está una creciente entrada de trabajadores independientes, cuya participación en la PEA ocupada es de 37%. Y es que mientras que en el período 2007-2012, el mercado absorbía en promedio 90 mil trabajadores independientes, a partir del 2012 hasta el 2017, cuando la demanda interna pasó a crecer en promedio 3%, el número de independientes encontrando trabajo aumentó a 125 mil.

Desde la óptica de la informalidad, esta tendencia es similar. Durante el quinquenio de alto crecimiento, entraban en promedio 185 mil trabajadores formales por año, mientras que en el quinquenio siguiente (2012-2017), el flujo de ingreso de trabajadores formales se redujo a 85 mil. Es decir, de mantenerse esta tendencia, la tasa de informalidad empezaría a crecer nuevamente a partir del próximo año.

Si continuamos profundizando, la tendencia en el caso de los trabajadores dependientes (aquellos que cuentan con protección social) es también difícil. En el último quinquenio, la creación de puestos formales para trabajadores dependientes (50 mil al año) es un tercio de la observada durante el quinquenio 2007-2012 (140 mil al año). Adicionalmente, nuestra economía absorbe en la actualidad casi 8 veces más trabajadores informales dependientes en relación con el período de expansión económica.

En cuanto a la composición por tamaño de empresa, se observa que las microempresas (que acogen la mayor proporción de trabajadores informales), emplean a más de la mitad de la PEA dependiente privada, mientras que menos de un cuarto de esta labora en medianas y grandes empresas. Y es justamente la tasa de informalidad de estas últimas la que absorbió casi la totalidad de la mejora en la formalización.

El empleo formal, además del beneficio de la protección social, cuenta con un mayor salario relativo ya que el ingreso percibido por los trabajadores formales es el doble de los informales. Cabe destacar, sin embargo, que el crecimiento de los salarios del sector informal se ha hecho más atractivo en la última década creciendo a un ritmo promedio anual de 5,5% frente a un crecimiento de 2,5% en el sector formal. Esta reducción en la brecha salarial puede ser vista desde dos ángulos.

Por un lado, la reducción de la brecha salarial entre formales e informales hace más atractiva la informalidad, lo cual va en detrimento de la formalización. Sin embargo, un mayor salario crea un mejor espacio para llevar a los trabajadores hacia la formalidad, sobre todo si tomamos en cuenta que hay 1,9 millones informales que ganan por encima del salario mínimo.

En las últimas décadas la legislación laboral ha priorizado la regulación y la rigidez del mercado laboral, y con ello la ralentización del empleo formal. Lo contrario ha ocurrido con la legislación tributaria, en la cual sí se registraron modificaciones significativas dirigidas a formalizar la pequeña y microempresa, reduciendo la carga tributaria según su tamaño. El resultado no ha sido el esperado, llevando a un complicado menú de regímenes tributarios que han incentivado la atomización empresarial y han generado espacio para la elusión y el arbitraje. El resultado: una cada vez menor base tributaria, una recaudación que languidece gracias a un paisaje con empresas cada vez más pequeñas, menos productivas y menos formales.

Estamos perdiendo la batalla contra la informalidad. Queda pensar cómo armamos un modelo laboral y tributario que encamine a nuestras empresas hacia su crecimiento y desarrollo, generando una mayor demanda por un empleo con protección social, mientras cuidamos el crecimiento de la inversión.

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